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La fuerza de voluntad en la recuperación: no se trata de resistir, sino de aprender cuándo usarla

Nelson González12 de septiembre de 2026 · 9 min lectura
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La fuerza de voluntad en la recuperación: no se trata de resistir, sino de aprender cuándo usarla

Durante mucho tiempo pensé que dejar las drogas tenía que ver con tener suficiente fuerza de voluntad.

Aguantar. Decir que no. Ser fuerte.

Después de pasar por cinco centros de rehabilitación y varios intentos de recuperación, entendí que estaba mirando la voluntad desde el lugar equivocado.

Cuando estamos en consumo activo, nuestra relación con la recompensa, el deseo, los estímulos y la toma de decisiones está profundamente condicionada por la adicción. Por eso decirle a una persona que simplemente tiene que “poner de su parte” o “tener fuerza de voluntad” no solo simplifica el problema: muchas veces tampoco ayuda.

Pero tampoco creo que la fuerza de voluntad no tenga ningún papel en la recuperación.

Hoy pienso algo diferente:

la recuperación no consiste en eliminar la voluntad, sino en aprender cuándo utilizarla.

Y, sobre todo, en construir una vida en la que no tengamos que depender de ella permanentemente.

Primero necesitaba buena voluntad

En los tratamientos de adicciones escuché muchas veces hablar de la buena voluntad.

Para mí significa algo bastante sencillo:

“Quizás en este momento no sé gobernar bien esta parte de mi vida. Estoy dispuesto a escuchar. Díganme qué hacer.”

Buena voluntad para entrar a tratamiento.

Buena voluntad para conectarme a un grupo aunque no tenga ganas.

Buena voluntad para escuchar al terapeuta.

Buena voluntad para aceptar determinadas sugerencias.

Buena voluntad para reconocer mis factores de riesgo.

Buena voluntad para aceptar que algo puede hacerme mal sin necesitar comprobarlo nuevamente.

Esto último terminó siendo fundamental para mí.

Porque durante años mi forma de pensar era diferente.

“Yo puedo.”

“Esta vez lo voy a controlar.”

“No me va a pasar nada.”

“Ya aprendí.”

Hoy entiendo que muchas veces la verdadera buena voluntad consiste precisamente en dejar de intentar demostrar que puedo.

El concierto al que decidí no ir

Estando en mi último centro de rehabilitación, cuando me quedaba aproximadamente un mes para salir, me enteré de que habría un gran concierto de punk rock.

Para mí era importante.

Tocaban varias bandas que habían formado parte de mi adolescencia y me hacía mucha ilusión ir. Lo conversé con mis terapeutas, lo planificamos y tenía autorización para hacerlo.

Además, iba a ir con mi hijo.

Parecía estar todo bien.

Una semana antes asistí a una tocata mucho más pequeña. Fui acompañado de un primo que además es terapeuta, por lo que tenía un factor protector importante.

Ahí vi alcohol.

También vi a una persona consumiendo cocaína.

No tuve deseos de consumir.

Pero ocurrió algo dentro de mí que hoy considero mucho más importante.

En tratamientos anteriores, cuando veía a alguien consumiendo, podía pensar desde cierta superioridad:

“Qué pena esa persona.”

Esta vez pensé:

“Qué bueno que hoy no soy yo.”

Porque entendí algo.

Estar en recuperación no me hacía inmune.

Esa persona podía ser yo.

Y saberlo cambió mi manera de tomar decisiones.

No necesitaba comprobar si el concierto me haría recaer

Después de aquella experiencia empezó mi negociación interna.

¿Voy al concierto?

¿No voy?

Si voy con mi hijo, ¿qué podría pasar?

No voy a consumir.

Tengo herramientas.

Estoy recién saliendo de un centro.

Quizás estoy exagerando.

Podría ir solamente un rato.

Podría ir solamente a ver la última banda.

Y ahí apareció uno de los aprendizajes más importantes que me dejó el tratamiento:

yo no necesitaba saber con certeza que el concierto me haría mal para decidir no ir.

Sabía que iba a estar expuesto durante horas a estímulos asociados a mi antigua vida: alcohol, noche, fiesta, personas consumiendo y todo un contexto que durante años mi cerebro había relacionado con las drogas.

Quizás esa noche no pasaba absolutamente nada.

¿Pero una semana después?

¿Dos semanas después?

¿Un mes después?

Podían aparecer sueños de consumo. Podía empezar a recordar determinadas sensaciones. Podía minimizar nuevamente algunos riesgos. Podían aparecer ideas que al principio parecieran insignificantes.

La recaída no siempre comienza cuando aparece la droga.

Muchas veces empieza bastante antes.

Por eso decidí no ir.

Esa fue mi buena voluntad: aceptar que algo que quería mucho podía no ser bueno para mí.

Pero entonces apareció otro problema.

Había que sostener esa decisión.

Ahí apareció la fuerza de voluntad

Una cosa era decidir no ir.

Otra muy distinta era que llegara el día del concierto.

Durante algunos momentos pensé:

“Podría ir solamente a ver el último grupo.”

Y ahí entendí otra diferencia.

La buena voluntad me había permitido tomar la decisión preventiva.

La fuerza de voluntad me ayudó a ser coherente con ella.

Porque ir solamente a la última banda era empezar a negociar nuevamente.

Y yo conocía demasiado bien esa negociación.

Durante la adicción había cambiado muchas veces mis propias reglas para obtener lo que quería en ese momento.

“Solo hoy.”

“Solo una.”

“Esta vez es diferente.”

“Lo tengo controlado.”

La recuperación también significaba empezar a recuperar mi palabra.

Si había decidido algo estando tranquilo, acompañado y pensando en mi salud, ¿por qué iba a cambiar esa decisión cuando apareciera el impulso?

Entonces volví al origen:

¿Por qué decidí no ir?

No porque alguien me lo prohibiera.

No porque supiera que consumiría.

No porque tuviera miedo.

Decidí no ir porque quería cuidarme.

Y sostener esa decisión empezó a construir algo que durante mucho tiempo había perdido:

confianza en mí mismo.

No quiero gastar mi vida diciendo que no

Hay una metáfora muy utilizada que compara la fuerza de voluntad con una batería o un frasco que se va vaciando.

La ciencia actual es bastante más compleja que eso. La idea clásica de que tenemos una cantidad fija de autocontrol que inevitablemente se agota —lo que se popularizó como ego depletion— ha sido cuestionada por investigaciones posteriores.

Pero como metáfora práctica hay algo que sigo encontrando valioso:

si puedo organizar mi vida para no estar negociando permanentemente conmigo mismo, ¿por qué elegiría vivir negociando?

Pensemos en una persona con problemas de alcohol que está en recuperación y recibe una excelente oferta para administrar un bar.

No tiene que beber.

Ni siquiera tiene que servir alcohol.

Es administrador.

Podría pensar:

“Yo tengo herramientas.”

“Sé cuáles son mis factores de riesgo.”

“Estoy en tratamiento.”

“Puedo hacerlo.”

Probablemente pueda.

Pero la pregunta que yo me haría hoy sería diferente:

¿Quiero construir una vida en la que todos los días tenga que demostrar que puedo?

Noche tras noche estará viendo alcohol, personas bebiendo, fiesta y estímulos asociados al consumo.

Quizás durante seis meses no ocurre nada.

Quizás durante un año tampoco.

Pero si existen otras alternativas laborales, ¿por qué colocar diariamente mi recuperación frente a una prueba que no necesito rendir?

Para mí, ahí aparece nuevamente la buena voluntad:

“Este trabajo me gusta, pero reconozco que este entorno puede no ser bueno para mí.”

Y luego aparece la fuerza de voluntad para sostener la decisión mientras busco otra alternativa.

Eso es muy diferente a utilizar la fuerza de voluntad todos los días para resistir.

Es mejor evitar que resistir

Esta idea cambió profundamente mi recuperación.

Antes podía interpretar evitar determinadas situaciones como debilidad.

Hoy pienso exactamente lo contrario.

No necesito entrar a un lugar peligroso para demostrar que aprendí a salir de él.

Si conozco mis factores de riesgo, puedo tomar decisiones antes de que aparezca la urgencia.

Ese “antes” para mí es fundamental.

Las herramientas de recuperación no deberían aprenderse cuando estamos desesperados por consumir.

Se practican cuando estamos bien.

Yo, por ejemplo, incorporé el hábito de hablar diariamente con mi hermano.

Nos preguntamos cómo fueron nuestras últimas 24 horas. Hablamos de lo que hicimos ayer y de lo que haremos durante el día.

¿Por qué hacerlo cuando estoy bien?

Porque si algún día necesito levantar el teléfono para pedir ayuda, quiero haber practicado levantar el teléfono cientos de veces antes.

Lo mismo ocurre con la planificación.

En tratamiento aprendí a planificar mi semana. Cuando salí, continué haciéndolo.

¿Qué voy a hacer el sábado?

¿Qué voy a hacer el domingo?

Si voy a una celebración, ¿quién estará?

¿A qué hora llegaré?

¿A qué hora me iré?

¿Qué haré si me siento incómodo?

No quiero inventar mi estrategia cuando estoy dentro del problema.

Quiero construir el piso antes de que tiemble.

La fuerza de voluntad no debería utilizarse para acercarse al precipicio

Aquí está para mí una distinción importante.

La fuerza de voluntad sí tiene un lugar en mi recuperación.

Pero intento no utilizarla para comprobar cuánto puedo resistir.

No quiero acercarme al consumo y pensar:

“Ahora voy a demostrar mi fortaleza.”

Prefiero utilizar esa misma voluntad para levantarme y entrenar cuando no tengo ganas.

Para cumplir una rutina.

Para llamar a alguien.

Para ir a terapia.

Para mantener una decisión que tomé estando tranquilo.

Para acostarme temprano.

Para salir de un lugar cuando algo no me hace bien.

Para no volver a negociar algo que ya sé que necesito cuidar.

No utilizo mi fuerza de voluntad para acercarme al riesgo. La utilizo para sostener la distancia que decidí poner.

Esa diferencia para mí es enorme.

Quemar los barcos también significa no volver a construirlos

Hay una metáfora que utilizo mucho en mi recuperación: quemar los barcos.

Quemarlos representa esa decisión inicial de no dejar preparada permanentemente una vía de regreso hacia la antigua vida.

Pero con el tiempo entendí que quemar los barcos una vez no era suficiente.

Porque puedo empezar a reconstruirlos.

Y casi nunca comienzo construyendo un barco completo.

Primero aparece una tabla.

Después otra.

Una pequeña negociación.

Un lugar al que antes había decidido no ir.

Una persona que sé que no me hace bien.

Una rutina que abandono.

Algo que dejo de contar.

Una exposición que empiezo a justificar.

Una idea que comienzo a romantizar.

Hasta que un día miro hacia atrás y descubro que tengo medio barco construido.

Por eso hoy entiendo la voluntad de otra manera.

La buena voluntad me permite reconocer cuándo no quiero volver a construir el barco.

La prevención me ayuda a alejar las tablas, los planos y el martillo.

Y la fuerza de voluntad aparece cuando necesito sostener esa decisión y dejar el martillo nuevamente en el suelo.

No necesito utilizarla eternamente.

La necesito el tiempo suficiente para que otra forma de vivir empiece a convertirse en parte de mí.

Cuando la prevención se convierte en identidad

Algo curioso empezó a pasarme después.

Al principio muchas de estas decisiones parecían medidas de prevención.

Quedarme en casa.

Elegir con quién estar.

Planificar mis fines de semana.

Entrenar.

Hablar diariamente con mi hermano.

Alejarme de determinados ambientes.

Dormir.

Construir rutinas.

Parecía que estaba organizando mi vida alrededor de no consumir.

Pero pasó el tiempo y ocurrió algo que no esperaba:

esa vida empezó a gustarme.

El ejercicio dejó de ser solamente una herramienta de prevención y empezó a formar parte de quién soy.

La planificación dejó de sentirse como una restricción y empezó a darme tranquilidad.

Estar en determinados lugares dejó de parecerme aburrido y empezó a darme paz.

Ya no estaba haciendo todas esas cosas solamente porque “soy adicto y tengo que cuidarme”.

Empecé a hacerlas porque soy una persona que se cuida.

Ahí cambia todo.

Porque ya no necesito preguntarme permanentemente:

“¿Esto evitará que consuma?”

La pregunta empieza a ser:

“¿Esto es coherente con la persona que quiero ser?”

La tranquilidad también se aprende

Después de años de drogas, intensidad, estímulos y búsqueda constante de recompensa, una vida tranquila puede sentirse extraña.

Incluso aburrida.

A mí también me pasó.

Pero poco a poco aprendí a habitar esa tranquilidad.

Y cuando finalmente estuve cómodo con esa vida preventiva, dejé incluso de verla solamente como prevención.

Era simplemente mi vida.

Una vida mucho menos intensa que algunas etapas de mi pasado.

Pero infinitamente más mía.

Por eso hoy no creo que recuperarse signifique levantarse todas las mañanas preparado para una batalla contra las drogas.

Durante mucho tiempo pensé que recuperarme era pelear todos los días conmigo mismo.

Decir que no.

Apretar los dientes.

Aguantar.

Hoy no.

La buena voluntad me enseñó a aceptar que hay cosas que simplemente no me hacen bien.

La prevención me enseñó a no esperar a que llegue la urgencia.

Y la fuerza de voluntad me ayudó a sostener esas decisiones cuando mi cabeza quería volver a negociar.

Pero con el tiempo, prevenir dejó de ser una regla externa y se convirtió en mi manera de estar en el mundo.

Y casi sin darme cuenta, empecé a confiar nuevamente en mí.

La tranquilidad dejó de asustarme y empezó a gustarme.

Ahí entendí que ya no estaba solamente aguantando.

Estaba viviendo.

Porque quizás una recuperación sólida no consiste en aprender a resistir cada vez más.

Quizás consiste en construir una vida en la que ya no tengas que resistir todo el tiempo.

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