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Cuentos para adictos

Papá, ¿qué es un adicto?

Un cuento sobre lo que vemos, lo que no vemos y la importancia de hablar

por Nelson González R.

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¿Prefieres leer? El texto completo está aquí abajo. La voz es generada por IA.

Para quién es este cuento

Padres, madres y cuidadores que no saben cómo hablar de adicciones con niños y adolescentes. Se puede leer juntos.

Casi nadie aprende preguntando lo que es un adicto: lo aprende de las noticias y de cómo los adultos bajan la voz. Este cuento acompaña esa conversación entre un padre y su hijo de trece años, y sostiene que entender no es justificar: alguien puede estar enfermo y aun así hacerse cargo del daño que hizo.

Nota antes de empezar

Todos aprendemos muy temprano lo que es un adicto.

Casi nunca lo aprendemos preguntando. Lo aprendemos de las noticias, de una conversación de adultos que escuchamos a medias, de cómo alguien baja la voz al nombrar a un vecino. Para cuando tenemos doce o trece años ya llevamos una imagen completa en la cabeza, y esa imagen casi siempre está en la calle, sucia y sola.

El problema no es que esa imagen sea mentira. Existe, y duele.

El problema es que es una sola.

Y mientras creamos que la adicción se ve de una forma, no vamos a reconocerla en la casa de al lado, en la oficina, en la mesa del desayuno, ni en nosotros mismos.

Este cuento es distinto a los otros de esta serie. No tiene lobos, ni islas, ni ciudades. Es una conversación de veinte minutos en una cocina, un martes en la mañana, entre un hijo y su papá.

Si lo lees con un hijo o una hija. No hace falta que lo leas de una vez, ni que expliques nada al terminar. Basta con leerlo y quedarse un rato ahí. Si aparecen preguntas, son buenas señales; si no aparecen hoy, puede que aparezcan en un mes. Y no hace falta tener una historia como la del papá de este cuento para usarlo: lo único que hay que estar dispuesto a hacer es contestar en serio.

Un cuento no reemplaza un tratamiento, un grupo ni una terapia. Solo pretende acompañarte los minutos que dure la lectura, y quizás dejarte una conversación que después puedas tener de verdad.

ILa pregunta

Durante años supe perfectamente lo que era un adicto.

Nunca se lo pregunté a nadie. No hacía falta. La respuesta estaba en la televisión, en la calle, en cómo los grandes bajaban la voz para hablar de ciertas personas.

Pero un martes en la mañana hice la pregunta igual, sin saber lo que estaba abriendo.

Mi mamá ya se había ido a trabajar. Yo estaba en la mesa de la cocina terminando un pan con queso mientras mi papá preparaba café. Afuera todavía hacía frío. En veinte minutos tenía que salir al colegio.

Estaba de espaldas cuando le pregunté.

—Papá.

—¿Mmm?

—¿Qué es un adicto?

Dejó la cuchara dentro de la taza. No se dio vuelta enseguida. Por un segundo pensé que no me había escuchado.

—¿Por qué preguntas?

—Por nada.

—Cuando alguien dice «por nada», normalmente es por algo.

Me reí un poco. Él se sentó frente a mí, y eso ya era raro: en las mañanas mi papá nunca se sienta.

—¿Qué pasó?

Miré el reloj del microondas. Después mi desayuno.

—Ayer molestaron al Tomás.

—¿Por qué?

—Por su papá.

Mi papá no dijo nada.

—Unos compañeros lo vieron afuera del metro. Estaba pidiendo plata. Parece que estaba curado. Y hoy empezaron a decirle cosas.

—¿Qué cosas?

No quería repetirlas. Las repetí igual.

—Que su papá era un drogadicto. Que era un delincuente. Que iba a terminar igual que él. Mi papá bajó la mirada un momento.

—¿Y tú qué hiciste?

—Nada.

La respuesta salió demasiado rápido.

—No me reí —agregué—. Pero tampoco dije nada.

Asintió. No parecía enojado.

—¿Y por eso quieres saber qué es un adicto?

—Sí.

Se quedó callado unos segundos.

—¿Tú qué crees que es?

Me encogí de hombros.

—No sé. Alguien como el papá del Tomás.

—¿Y cómo es el papá del Tomás?

—Está en la calle.

—¿Algo más?

—Toma.

—¿Algo más?

Empecé a molestarme. —No sé, papá.

—No te estoy tratando de pillar. Quiero saber qué imagen tienes.

Lo pensé de verdad.

—Como la gente que sale en las noticias. Los que andan perdidos, pidiendo plata, robando.

Y entonces me acordé de algo.

—La tía una vez dijo que los delincuentes eran todos adictos.

Mi papá tomó un sorbo de café.

—¿Y tú le creíste?

—No sé.

—Pero se te quedó.

Eso sí era verdad.

IIEl tío Rodrigo

Sacó el teléfono, buscó algo un rato y me lo dio vuelta sobre la mesa.

Era una foto del verano pasado. Nosotros tres en la playa y, al lado, con lentes de sol y una sandía en la mano, el tío Rodrigo.

—¿Te acuerdas de él?

Me reí.

—Obvio.

Rodrigo no es mi tío de verdad. Es amigo de mi papá desde antes de que yo naciera. Viene a la casa cada cierto tiempo, siempre me pregunta por el colegio y después no escucha la respuesta porque terminamos hablando de fútbol. Una vez me ayudó a armar una bicicleta. Otra vez se tiró vestido a una piscina porque yo le dije que no se atrevía.

Trabaja. Tiene auto. Es simpático.

—¿Qué pasa con él? —Rodrigo es adicto.

Lo miré.

—No.

—Sí.

Me quedé pensando.

—Pero no parece.

Mi papá sonrió apenas.

—¿Y cómo tendría que parecer?

No contesté. Acababa de caerme en mi propia respuesta.

—¿Vive en la calle?

—No.

—¿Trabaja?

—Sí.

—¿Tiene familia?

—Sí.

—Entonces no entiendo nada.

Apoyó los brazos en la mesa. —Ese es justamente el problema de creer que sabemos cómo se ve una adicción.

Tomó una servilleta y se puso a doblarla mientras hablaba.

—Hay gente con adicciones que vive en la calle. Hay gente que va a trabajar todos los días. Hay gente que lo pierde todo. Hay gente que pasa quince años escondiéndolo y nadie se entera. Algunos piden plata afuera del metro. Otros usan terno. Algunas son mamás. Algunos son papás.

—Entonces cualquiera puede ser adicto.

—Cualquiera puede llegar a tener una adicción.

Dejó la servilleta.

—Pero nadie es solamente su adicción.

No entendí bien esa frase. Creo que se me notó.

—Tomás no tiene «un drogadicto» de papá —dijo—. Tiene un papá que está pasando por algo muy grave.

—Pero si está curado en la calle...

—Eso también es verdad. Y puede hacer mucho daño. Entender a alguien no significa decir que lo que hace está bien.

Eso sí lo entendí.

IIILa piedra

—¿Y por qué alguien sigue tomando o drogándose si sabe que le hace mal?

Mi papá levantó las cejas.

—Esa pregunta es mucho mejor.

—¿Mejor que cuál?

—Que preguntarse si alguien es bueno o malo.

Corrió la taza hacia un lado.

—¿Alguna vez te ha entrado una piedra en la zapatilla?

—Sí.

—¿Y qué haces?

—La saco.

—Porque sabes cómo.

—Obvio.

—Imagínate que no supieras. Lo miré raro.

—¿Cómo no voy a saber?

—Imagínalo.

Suspiré.

—Ya.

—La piedra empieza a molestar. Tú caminas igual, porque hay que ir al colegio, hay que llegar a la casa. Después duele más. Y un día alguien te pasa algo que hace que durante un rato dejes de sentirla.

—¿Qué cosa?

—Da lo mismo qué. Algo.

—Ya.

—Lo usas y la piedra deja de doler.

—Entonces lo vuelvo a usar.

—Exactamente.

Me quedé un segundo.

—Pero la piedra sigue ahí.

Mi papá sonrió.

—Exactamente.

Nos quedamos callados. —¿Y las drogas son eso?

—A veces empiezan así. Después se complica: hay cosas que pasan en el cerebro, hay costumbre, hay sustancias que enganchan solas, hay gente alrededor, hay lo que a cada uno le tocó vivir. No hay una sola explicación para todos y el que te diga que sí, te está mintiendo.

Me apuntó con la servilleta doblada.

—Pero hay una cosa que quiero que te quede: casi nadie empieza buscando destruirse.

—¿Y qué buscan?

—Sentirse de otra manera.

IVLa consola

Miró el reloj. yo también. quince minutos.

—¿Te acuerdas del mes pasado, cuando te quitamos la consola?

Puse los ojos en blanco.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Mucho.

—Papá...

—¿Te acuerdas o no?

—Sí.

Claro que me acordaba. Me había ido pésimo en dos pruebas y me la quitaron por una semana. Me enfurecí. Le pegué un portazo a mi pieza, tiré un control contra la cama y después salí gritando que me iba de la casa.

No llegué más allá de la esquina.

—¿Cómo te sentías? —Enojado.

—Eso era lo que se veía.

Me quedé callado.

—¿Y debajo?

—No sé.

—Piénsalo.

Era incómodo pensarlo.

—Frustrado.

—¿Algo más?

—Que no podía hacer nada.

—¿Algo más?

—Rabia.

Asintió.

—¿Y vergüenza?

No contesté al tiro.

Sí. También.

—Porque te había ido mal.

—Sí. —¿Me dijiste algo de todo eso?

—No.

—¿Qué hiciste?

—Tiré la puerta.

—Y quisiste irte.

Ahí entendí para dónde iba.

—Sí.

Se inclinó un poco hacia mí.

—Los grandes no somos tan distintos. A veces sentimos miedo, vergüenza, rabia, soledad, y no sabemos qué hacer con eso.

—Pero uno puede hablar.

—Sí.

—Entonces que hablen.

Mi papá sonrió. No burlándose.

—Eso suena fácil cuando ya sabes hacerlo.

Pensé en la consola.

—Yo tampoco hablé.

—Exacto. Y después dijo una cosa que me acordé muchas veces después.

—Lo más útil que vas a aprender en la vida no es dejar de sentir cosas incómodas. Eso no se puede.

—¿Entonces qué?

—Poder decir «me está pasando esto».

VLo que no se dice

—¿Y si uno no lo dice?

—Lo que sientes no desaparece porque no tenga nombre.

Lo pensé.

—Se queda.

—A veces.

—¿Como la piedra?

—Como la piedra.

—Y las drogas hacen que no la sientas.

—Un rato.

—Pero después vuelve.

—Sí.

—Entonces no sirve.

Mi papá suspiró. —Cuando tienes trece años y estás sentado tranquilo en una cocina, parece obvio.

—¿Y cuando eres grande no?

—No siempre.

Lo miré.

Había algo raro en cómo estaba contestando. No era la voz de alguien repitiendo algo que había leído en alguna parte.

Era la de alguien que lo sabía.

VIEl papá de Tomás

—Papá. ¿Tú conoces al papá del Tomás?

La pregunta me salió sola.

Volvió a mirar su café.

—Sí.

—¿En serio?

—Sí.

—¿De dónde?

—De hace mucho.

—¿Es amigo tuyo?

—Lo fue.

—¿Y sabías que estaba así?

Tardó en contestar.

—Sabía que estaba mal. No sabía dónde estaba ahora. —¿Y por qué no lo ayudas?

Fue lo primero que se me ocurrió, y sonó a acusación. No se molestó.

—Porque ayudar no siempre es poder sacar a alguien del lugar donde está.

—Pero si es tu amigo...

—Puedes querer muchísimo a una persona y aun así no poder decidir por ella.

Eso no me gustó nada.

—Entonces qué haces.

—Ofrecer. Estar. Decir la verdad. Poner límites cuando hay que ponerlos. Pero la recuperación no se puede vivir por otro.

Pensé en Tomás sentado ayer en el patio.

—Debe darle vergüenza.

—Casi seguro.

—Por eso no dijo nada.

—Casi seguro.

—Y encima lo molestan.

Mi papá se quedó mirándome.

—Ahí sí hay algo que tú puedes hacer. Sabía perfectamente qué me estaba diciendo.

VIIDejar de ver personas

—Entonces la tía estaba equivocada.

—¿En qué?

—En que los delincuentes son todos adictos.

—Sí.

—¿Y al revés? ¿Los adictos son delincuentes?

—Hay personas que cometen delitos y tienen una adicción. Hay personas con adicciones que no han hecho nada malo en su vida. Y hay delincuentes que no tienen ninguna adicción. Mezclar todo sirve para una sola cosa.

—¿Para qué?

—Para dejar de ver personas.

Me quedé con esa frase dando vueltas.

—¿Dejar de ver personas?

—Es mucho más cómodo decir «el curado», «el drogadicto», «el delincuente», que aprenderse el nombre de alguien. Lo pensé.

—Tomás.

—Tomás —repitió mi papá.

—Y su papá también tiene nombre.

—Sí.

—¿Cómo se llama?

Mi papá dejó la taza sobre la mesa.

—Sebastián.

Y dejó de ser «el papá drogadicto del Tomás».

Era Sebastián.

No sé explicar por qué, pero algo cambió.

VIIILo que miraba sin ver

Sonó una notificación en mi teléfono. diez minutos.

Me levanté a dejar el plato en el lavaplatos y, mientras lo hacía, me acordé de algo.

—Papá.

—¿Sí?

—¿Por qué tú nunca tomas?

Se quedó quieto.

—¿Qué quieres decir?

—Alcohol.

—Ya sé qué quieres decir.

—El verano pasado, cuando el papá del Nico te ofreció una cerveza, dijiste «no, gracias, no tomo».

—Sí. —Y en los cumpleaños tampoco. Ni en el año nuevo.

—No.

Y de repente se me empezaron a ordenar solas otras cosas que llevaba toda la vida mirando sin ver.

Mi papá levantándose temprano incluso los domingos.

Saliendo a correr con lluvia.

Hablando por teléfono todas las mañanas, siempre a la misma hora, siempre con el tío Esteban, caminando por el pasillo con la puerta cerrada.

Yendo un día a la semana a una reunión que yo nunca entendí bien qué era.

Algunas noches en que lo escuché despertarse y quedarse dando vueltas por la casa.

Y una foto en el refrigerador que estaba ahí desde que yo tengo memoria: mi papá mucho más flaco, con el pelo largo, apoyado en un auto que ya no existe. Nunca me había preguntado por qué en esa foto tenía otros ojos.

—¿Por eso tienes tantas rutinas?

No contestó.

—¿Y por eso hablas todas las mañanas con el tío Esteban? Seguía sin contestar.

—¿Y por eso a veces dices que no puedes ir a ciertas partes?

La cocina se quedó muy callada.

Mi papá miró el reloj.

—Vas a llegar tarde —dijo.

—Sí.

—Ya sé.

Ninguno de los dos se movió.

IXLa pregunta que no había hecho

H E C H O

—Papá.

—Dime.

—¿Tú eres adicto?

Lo vi respirar. No mucho. Lo justo.

Después puso las dos manos sobre la mesa.

—Sí.

Pensé que había escuchado mal.

—¿Qué?

—Soy un adicto en recuperación.

Me reí una vez. Una risa chica, fea. No porque fuera divertido, sino porque mi cabeza no encontraba dónde poner esa información.

—No. —Sí.

—Pero...

La palabra salió sola.

—Pero no pareces.

Mi papá sonrió. Triste.

—Eso mismo dijiste del tío Rodrigo.

No pude contestar.

Empecé a mirar cosas, una por una, como si las estuviera viendo por primera vez. Su camisa. La taza. Las llaves del auto sobre la mesa. El computador abierto. La foto del refrigerador, la del pelo largo. La cocina limpia.

Mi papá.

Nada de eso se parecía a la imagen que yo tenía en la cabeza quince minutos antes.

—¿Qué consumías?

—Varias cosas.

—¿Alcohol?

—Sí.

—¿Drogas? —Sí.

—¿Mucho?

—Durante muchos años.

—¿Y mi mamá sabe?

Se rió bajito.

—Tu mamá lo supo antes que yo. Y se quedó cuando ya casi no quedaba nadie.

—¿Y por qué nunca me dijiste?

—Porque no quería que fuera un secreto, pero tampoco quería que fuera una mochila que tuvieras que cargar antes de tiempo. Estaba esperando a que preguntaras.

Me quedé mirándolo.

—Yo pregunté por el Tomás.

—Ya sé —dijo—. Igual sirve.

XDos compañeros

—Sebastián y yo estudiamos juntos.

Lo miré.

—¿El papá del Tomás?

—Sí.

—¿Eran compañeros?

—De curso. Tres años.

Miró hacia la ventana.

—Y después los dos crecimos y los dos tuvimos problemas con las drogas.

Traté de imaginarlo y no pude. Mi papá y el hombre que yo había visto una sola vez, de lejos, afuera del metro.

—Pero tú nunca estuviste así.

Esta vez tardó más en contestar. —Sí.

—¿Pidiendo plata?

Asintió.

—También.

No dije nada.

—Hubo años de mi vida en que estuve muy mal.

—¿En la calle?

—Sí.

Sentí algo raro en el estómago.

—¿Como él?

—Como él.

No lo dijo con orgullo. Tampoco con vergüenza. Lo dijo como se dice una cosa que uno ya no necesita esconder.

—Entonces por qué tú estás aquí y él está allá.

Me di cuenta de lo cruel que sonaba justo después de decirlo.

No se ofendió.

—Porque nuestras historias agarraron caminos distintos.

—¿Porque tú eres más fuerte? Negó al tiro, casi antes de que yo terminara.

—No.

Eso parecía importarle mucho.

—Porque pedí ayuda. Porque hubo gente que siguió ahí cuando yo no daba ninguna razón para quedarse. Porque hice tratamientos, y algunos no me resultaron. Porque tuve oportunidades que no todos tienen. Y porque todos los días hago cosas para seguir en este lado.

—¿Y Sebastián no?

—No sé cómo es su historia hoy. Por eso mismo no la voy a juzgar.

XIHoy

Se acercó un poco.

—No quiero que salgas de esta cocina pensando que yo soy el ejemplo bueno y Sebastián el malo.

—Pero tú estás bien.

—Hoy estoy bien.

La palabra hoy quedó dando vueltas en la cocina.

—¿Qué significa eso?

—Que esto que ves no llegó solo ni se queda solo.

Hizo un gesto con la mano abarcando la cocina, la casa, todo.

—Mi trabajo. Ustedes. Levantarme. Correr. No tomar. Hablar con Esteban. Ir los miércoles. Pedir ayuda cuando la necesito. Decir que no cuando hay que decir que no. Todo eso es parte de cómo vivo.

—Pero ya estás recuperado. Lo pensó.

—Estoy en recuperación.

—¿No es lo mismo?

—Para mí no.

Miré sus manos.

—¿Podrías volver a consumir?

No esquivó nada.

—Sí.

Sentí miedo. Se me debe haber notado en la cara, porque agregó enseguida:

—Que pueda pasar no significa que vaya a pasar.

—Pero dijiste que puede.

—Por eso me cuido.

—¿Todos los días?

—Todos.

—¿Y no te cansas?

Sonrió.

—Sí.

—¿Entonces por qué lo haces? Miró las fotos pegadas en el refrigerador. Después me miró a mí.

—Porque tengo una vida que quiero conservar.

No dijo nada más. No hacía falta.

Pero después de un rato agregó una cosa, y la dijo despacio, como si la hubiera tenido preparada hace años.

—Y escúchame bien esto, porque es importante. Si algún día yo no estoy bien, no es tu trabajo arreglarme.

—Pero...

—No. Es mi trabajo pedir ayuda, y es trabajo de otros grandes ayudarme. Tú eres mi hijo. Eso no cambia nunca.

XIIEntender no es justificar

Tomé la mochila. ya iba tarde de verdad.

Llegué hasta la puerta de la cocina y me devolví.

—Papá.

—¿Ahora qué?

—Entonces ser adicto no significa ser malo.

Me miró.

—No.

—Pero igual puedes hacer cosas malas.

—Claro.

—¿Por las drogas?

—A veces. Y aun así tienes que hacerte cargo del daño que hiciste. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo.

—Entonces entender no es justificar. Levantó las cejas.

—Esa estuvo buena.

—Te la copié a ti.

Nos reímos.

Después pregunté:

—¿Tú eras malo?

La sonrisa se le fue.

Se demoró.

—Hice cosas que le hicieron mucho daño a gente que me quería.

—No te pregunté eso.

Sabía perfectamente lo que le había preguntado. Él también.

—No —dijo al final—. No creo que fuera una mala persona. Creo que era una persona muy enferma y muy perdida, que durante muchos años no supo qué hacer con lo que llevaba adentro.

—¿La piedra?

Sonrió otra vez.

—Muchas piedras.

XIIIQué hago con Tomás

Ya estaba en el pasillo cuando me di vuelta por última vez.

—Papá. ¿Y qué hago hoy con Tomás?

Dejó los platos en el lavaplatos.

—¿Qué crees tú?

Lo pensé de verdad.

Podía ir y explicarles a todos que el papá de Tomás estaba enfermo. Eso probablemente sería peor.

Podía defenderlo a gritos. Tampoco estaba seguro de que sirviera.

Entonces se me ocurrió algo mucho más simple.

—Sentarme con él.

Mi papá asintió.

—Puedes empezar por ahí. —¿Y si no quiere hablar?

—No tiene por qué.

—¿Y si se enoja?

—Puede enojarse.

—¿Y si me dice que su papá no es adicto?

—No tienes que convencerlo de nada.

Abrí la puerta.

—Entonces solo que no esté solo.

Mi papá sonrió.

—Exactamente.

XIVEl recreo

Llegué tarde. nadie dijo nada.

Camino al colegio pensé en Sebastián, y ya no me salía verlo solamente curado afuera del metro.

Lo pensé con trece años. Sentado en alguna mesa como la mía, a lo mejor con el pan a medio comer, tarde para el colegio.

Antes de las drogas. Antes de la calle. Antes de convertirse, para todo el mundo, en «el papá adicto del Tomás».

Pensé en Rodrigo. En mi papá. En las noticias. En la frase de mi tía.

Los adictos son delincuentes.

Ahora sonaba demasiado fácil. Las personas no caben tan bien adentro de una frase.

En el primer recreo vi a Tomás sentado solo en el borde de una banca. Los mismos de ayer estaban más allá. Uno dijo algo y los otros se rieron.

Esta vez lo escuché.

Y esta vez no me quedé quieto.

No peleé. No les expliqué qué era una adicción. No les conté la historia de mi papá; esa historia no era para ellos.

Agarré mi colación y me fui a sentar al lado de Tomás.

No hablamos por un rato largo.

Después me preguntó:

—¿Qué mirai?

—Nada.

Seguimos comiendo.

Un par de minutos después me contó que había reprobado matemáticas.

Yo también.

Nos reímos.

Fue una conversación completamente normal.

Y creo que era exactamente lo que los dos necesitábamos. •

Cosas Que No Se Ven

Esa noche miré a mi papá de otra manera.

No mejor. No peor.

Más completo.

Entendí por qué no toma. Por qué hay decisiones suyas que a mí me parecían exageradas y para él son lo normal. Por qué repite las mismas rutinas todos los días. Por qué a veces dice que no a lugares donde todos los demás dicen que sí. Por qué habla tanto. Por qué hay noches en que se despierta y camina por la casa.

Y entendí algo todavía más importante, que en realidad me lo había dicho él esa mañana en la cocina.

Si alguna vez le va mal, yo no tengo que convertirme en su terapeuta.

Sigue siendo mi papá. Los grandes también tienen que pedirle ayuda a otros grandes.

Lo único que yo necesitaba saber era que en mi casa se puede hablar.

De la rabia. De la vergüenza. Del miedo. De la frustración.

Incluso de las cosas que uno preferiría esconder.

Porque las personas casi nunca se destruyen por sentir dolor.

Se destruyen escondiéndolo, quedándose solas con él y sin saber qué hacer.

Mi papá nunca me prometió que no iba a caer nunca más.

Me prometió otra cosa: que se iba a seguir cuidando.

Creo que recién ahí entendí lo que significa estar en recuperación.

No es alguien que llegó a un lugar donde ya nada le puede pasar.

Es alguien que sabe de dónde viene, sabe dónde puede terminar, y todos los días elige otro camino.

A la mañana siguiente lo encontré haciendo café otra vez.

Me miró.

—¿Cómo estás?

Estuve a punto de contestar lo de siempre. Bien.

Me quedé callado un segundo.

—Estoy un poco preocupado por el Tomás.

Mi papá dejó la taza sobre la mesa.

—Cuéntame.

Y me senté.

Si estás pasando por esto, no tienes que hacerlo solo. En sinadicciones.org puedes encontrar orientación y acompañamiento gratuito. —Cuéntame. Y me senté.

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Nelson González R. · @nitanadicto

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Preguntas frecuentes

¿Desde qué edad se puede leer?

Está escrito alrededor de un niño de trece años y puede leerse en familia.

¿Hay que tener una historia de adicción en casa para usarlo?

No. Lo único que hace falta es estar dispuesto a contestar en serio.

¿Cómo le explico a un niño que alguien cercano tiene una adicción?

El cuento entrega un camino concreto: preguntar qué imagen tiene, y desarmarla con ejemplos reales antes de dar definiciones.

¿Qué le digo si me pregunta si puede pasarle a él?

Una de las frases del cuento responde eso: si un adulto no está bien, no es trabajo del niño arreglarlo.

¿Reemplaza una conversación con un profesional?

No.

Sobre el autor

Nelson González

Nelson González R. — Fundador de SinAdicciones.org y autor de la serie Cuentos para adictos.

Pasó años dependiendo del alcohol y la cocaína. Pasó por centros de rehabilitación que lo ayudaron y por otros que le hicieron más daño que bien. Hoy lleva años de sobriedad y convirtió su recuperación en algo útil para otros: fundó SinAdicciones.org y escribió El Principio del Mapa Inverso, donde comparte el método que lo ayudó a reordenar su vida. Estos cuentos están escritos desde ahí, no desde la teoría.

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