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Cuentos para adictos

La casa de los lobos

Un cuento sobre adicción, heridas y recuperación

por Nelson González R.

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Para quién es este cuento

Personas en recuperación, en cualquier etapa. También para quien nunca ha tenido una adicción pero convive con una parte de sí mismo que no sabe manejar.

«Dentro de ti viven dos lobos… gana el que alimentas»

La parábola de los dos lobos dice que gana aquel al que alimentas, pero deja abierta la pregunta de qué hacer con el otro. Este cuento propone una respuesta distinta: escuchar al lobo negro no significa obedecerlo. Se puede aceptar lo que siente sin darle la razón sobre lo que quiere hacer.

Nota antes de empezar

Existe una historia antigua que se cuenta en casi todos los grupos de recuperación del mundo. Dice que dentro de cada persona viven dos lobos que pelean entre sí. Uno oscuro, hecho de rabia, miedo y mentira. Otro luminoso, hecho de calma, verdad y esperanza. Cuando alguien pregunta cuál de los dos gana, la respuesta siempre es la misma:

Gana aquel al que alimentas.

Es una historia hermosa y a mucha gente le ha servido. Pero deja una pregunta abierta, y quien ha intentado dejar una adicción la conoce bien:

¿Qué hago con el otro?

Porque el otro no se va. Uno puede dejar de alimentarlo durante meses, incluso durante años, y una noche cualquiera vuelve a arañar la puerta.

Este cuento empieza justamente ahí. Donde termina la historia de los dos lobos.

No hace falta saber nada de psicología para leerlo. Tampoco hace falta llevar tiempo en recuperación. Basta con haber tenido alguna vez una parte de ti que no sabías cómo manejar. Cómo leerlo. No busques qué significa cada cosa. No es un acertijo y no hay nada que descifrar. Es una historia sobre una casa, dos animales y alguien que aprende a vivir con ellos. Si en alguna escena algo se te aprieta en el pecho, no sigas de largo: detente ahí. Esa escena es tuya.

Un cuento no reemplaza un tratamiento, un grupo ni una terapia. No pretende hacerlo. Solo pretende acompañarte durante los minutos que dure la lectura, y quizás dejarte una imagen a la que puedas volver cuando las palabras no alcancen.

IEl bosque

Durante años me contaron que dentro de nosotros vivían dos lobos, y que al final sobrevivía aquel al que alimentáramos.

A mí me quedó una pregunta.

¿Qué debía hacer entonces con el otro?

Pero para llegar a esa pregunta tuve que caminar mucho tiempo, y durante casi todo ese tiempo no fui el que alimentaba a nadie.

Fui un lobo gris.

No lo sabía. Simplemente caminaba. Comía cuando tenía hambre, corría cuando sentía miedo, atacaba cuando me sentía amenazado y escapaba cuando algo dolía. No me preguntaba por qué hacía las cosas. Las hacía. Había aprendido algunos caminos del bosque y los recorría una y otra vez, incluso cuando terminaban mal, incluso cuando había prometido no volver.

El bosque era enorme, oscuro y extraño. Pero yo lo conocía. Sabía dónde esconderme. Sabía dónde encontrar aquello que me hacía olvidar. Sabía qué camino tomar cuando quería dejar de sentir.

Después de muchos años llegué a confundir conocer el bosque con saber vivir.

Hasta que un día me cansé.

No sé si fue cansancio, miedo, dolor, o simplemente que ya no podía seguir caminando igual.

Pero encontré una casa.

IILa casa

Estaba lejos del bosque, al otro lado de un campo abierto. era pequeña. Tenía un patio grande, una chimenea y una cerca de madera alrededor.

La casa era nueva.

Eso fue lo primero que me inquietó. Nada tenía mi olor. Nada tenía historia. No sabía dónde guardar las cosas, no sabía qué puerta crujía, no sabía cuánto iba a tardar la chimenea en calentar las habitaciones. No sabía siquiera si quería quedarme.

Pero entré.

Esa primera tarde salí al patio a mirar el terreno y vi algo en el horizonte. Muy lejos, del otro lado del campo, subía una línea delgada de humo.

Otra chimenea.

Alguien vivía allá. No pensé mucho en eso. Tenía demasiado frío y demasiadas cosas que ordenar. Volví adentro y cerré la puerta.

No supe entonces que acababa de convertirme en el cuidador.

IIIEl lobo blanco

A los pocos días apareció un lobo blanco.

Lo vi desde la ventana. Caminaba por el patio como si conociera la casa mejor que yo. Cuando abrí la puerta vino corriendo, movió la cola, saltó encima de mí y me lamió las manos.

Era fácil quererlo.

Empezamos a hacer cosas juntos. Nos levantábamos temprano, caminábamos alrededor de la casa, arreglábamos la cerca, cortábamos leña, prendíamos la chimenea, ordenábamos, comíamos, dormíamos. Al principio todo aquello me pareció nuevo. Incluso emocionante.

El blanco siempre estaba dispuesto. Parecía decirme:

—Vamos. Otro día.

Y yo iba.

Nunca me preguntó cómo estaba. Me preguntaba qué seguía. En ese momento me pareció una virtud.

Me gustaba pensar que finalmente había descubierto quién era. Quizás siempre había sido este lobo. Quizás el gris había sido solamente una equivocación larga.

Entonces vi al otro.

IVEl que rondaba afuera

La primera vez fue apenas una sombra entre los árboles.

El blanco también la vio. Dejó de jugar. Levantó las orejas. Los dos nos quedamos mirando y la sombra desapareció.

Al día siguiente volvió, y esta vez se acercó un poco más.

Era un lobo negro. Grande. Desordenado. Salvaje. No tenía nada de la tranquilidad del blanco. Nos observaba desde fuera de la cerca. Algunas noches caminaba alrededor del terreno. Otras desaparecía durante días.

Pero siempre regresaba.

Yo sabía quién era, aunque no quisiera admitirlo.

Por eso nunca abrí la puerta.

Tú no perteneces aquí, pensaba.

Cuando aparecía, entraba a la casa, cerraba las ventanas, aseguraba la puerta y me quedaba con el blanco. Eso era lo correcto. Al menos eso creía. Hasta que el negro empezó a acercarse más. Primero apoyaba las patas contra la cerca. Después comenzó a rascarla. Una noche intentó romperla. El blanco ladró, yo tomé un palo y el negro gruñó desde el otro lado con los dientes afuera.

Pensé:

Me quiere matar.

Reforcé la cerca. Y siguió viniendo.

Entonces una pregunta comenzó a molestarme.

Si aquel lobo pertenecía al bosque, ¿por qué estaba siempre alrededor de mi casa?

Tenía kilómetros para correr. Tenía oscuridad. Tenía lugares donde alimentarse. Conocía ese bosque mejor que nosotros dos juntos.

¿Por qué quería entrar?

VLa tormenta

La respuesta empezó una noche de invierno.

Llovía como si el cielo estuviera cayéndose. Los relámpagos encendían los árboles durante un segundo y después todo volvía a desaparecer.

Escuché algo afuera. Tomé el palo. El blanco caminó conmigo hasta la puerta.

Abrí apenas la ventana.

Ahí estaba.

Pero esta vez no intentaba romper la cerca. No gruñía. No mostraba los dientes. Estaba sentado junto a la puerta, empapado, con la cabeza baja.

Esperando.

Pasaron varios minutos. Podría haberse ido al bosque. No lo hizo.

Entonces apareció una idea que nunca antes había considerado. Quizás no quería entrar para atacarme.

Quizás estaba escapando de algo.

Abrí la puerta. El blanco retrocedió. Yo también quería hacerlo.

El negro levantó la cabeza y nos miramos. Sentí miedo. Mucho.

Y pensé una frase absurda y completamente verdadera:

Entra. Pero no me mates.

El lobo cruzó la puerta.

Solamente entonces pude verlo de cerca. Tenía cicatrices por todo el cuerpo, una oreja lastimada, el pelo pegado por el agua y, en uno de sus costados, una herida que todavía no cerraba.

No era bonito. No parecía agradecido. Seguía dando miedo.

Pero por primera vez sentí otra cosa.

Compasión.

Caminó agachado hasta la chimenea, como quien conoce el calor pero lleva demasiado tiempo sin sentirlo. Busqué una manta e intenté acercarme. Gruñó. Me detuve. No insistí. Le lancé la manta desde cierta distancia. La olió, dio dos vueltas sobre sí mismo, se echó frente al fuego y durmió durante horas. Me quedé observándolo. El blanco también.

Aquella noche entendí algo extraño.

Había pasado tanto tiempo preocupado de que ese animal quisiera destruirme que nunca me pregunté si estaba cansado.

Antes de dormir cerré la puerta de mi habitación.

Todavía no confiaba en él.

Una cosa era dejarlo entrar. Otra muy distinta era conocerlo.

VIEl primer descanso

El negro durmió casi todo el día siguiente. y el otro.

Se levantaba a comer, tomaba agua, miraba la puerta y volvía a acostarse frente al fuego.

Me recordó a alguien que lleva años sin poder bajar la guardia.

No intenté tocarlo. Tampoco lo eché. El blanco mantenía distancia y hacía como si no existiera.

Los tres estábamos aprendiendo.

La casa había cambiado. Ahora vivía adentro un animal que yo no entendía.

Durante un tiempo creí que mi tarea sería convertirlo en algo parecido al blanco. Hacerlo más tranquilo. Más juguetón. Más obediente. Quizás lograr que algún día dejara de parecer negro.

Me equivoqué. El negro nunca iba a convertirse en blanco.

Y no necesitaba hacerlo.

VIIEscuchar no es obedecer

Con los días fui descubriendo cosas.

El negro gruñía cuando alguien levantaba demasiado la voz. Se inquietaba cuando la casa quedaba en silencio mucho rato. Dormía mirando hacia la puerta. Escondía comida. No soportaba que se le acercaran por detrás. Y algunas noches se levantaba de golpe y caminaba hasta la cerca a mirar el bosque.

Al comienzo yo trataba de detenerlo.

—No.

—Ven acá.

—Deja eso.

Después empecé a observar.

Y encontré una diferencia que lo cambió todo. Escuchar al lobo no era obedecerle.

Podía dejar que mirara el bosque sin abrirle la puerta. Podía aceptar que gruñera sin seguirlo. Podía darle la razón sobre lo que sentía sin darle la razón sobre lo que quería hacer.

Empecé a entender su idioma. Un gruñido podía significar miedo. Otro, rabia. Otro, hambre. Otro:

Quiero escapar.

Y poco a poco comprendí algo que me incomodó.

Ese lobo llevaba muchísimo tiempo hablando.

Yo solamente había aprendido a callarlo.

VIIILos invitados

Un domingo llegaron visitas a la casa. conocía a esas personas. las recibí, preparé comida, pusimos la mesa y nos sentamos.

Conversaban. Reían. Actuaban como si todo estuviera bien.

Entonces escuché un gruñido.

El negro estaba debajo de la ventana, completamente rígido.

Una de las visitas lo miró.

—¿Qué le pasa a ese animal?

El lobo mostró los dientes.

—Debe ser su carácter —dijo alguien.

Y siguieron comiendo. Como si nada.

Pero el negro no dejó de observarlos. Yo sentí vergüenza. Me levanté para sacarlo de ahí.

Entonces vi su cuerpo.

Temblaba.

No era solamente rabia. Era miedo.

Y algo dentro de mí recordó. No exactamente con palabras. Primero fue una sensación. Después una imagen. Después otra.

Entendí por qué el lobo reconocía a aquellas personas.

Para ellos aquel almuerzo era solamente un domingo.

Para él no.

Él recordaba cosas que yo había intentado olvidar.

Me senté a su lado. No lo acaricié, todavía no le gustaba. Simplemente me quedé ahí.

Las visitas siguieron hablando. Una se acercó. El negro retrocedió.

Y por primera vez fui yo quien se interpuso.

—No.

La persona me miró. —¿No qué?

Miré al lobo. Después la miré a ella.

—Tú no puedes entrar más a esta casa.

Hubo silencio.

No intenté convencerla. No expliqué toda la historia. No hacía falta.

Cerré la puerta cuando se fue.

Esa noche el negro se acostó un poco más cerca de mí.

Quizás fue casualidad.

Quiero pensar que no.

IXLo que fue llenando la casa

C A S A

Pasó el tiempo, y la casa dejó de ser nueva.

Al principio fueron cosas pequeñas. Una mesa de segunda mano que quedó marcada por una taza caliente. Un par de sillas que no combinaban. Después llegaron unos libros. Después una fotografía, y más tarde otra.

Aprendí a mantener el fuego. Ya no se trataba solo de encenderlo; había que ir a buscar leña antes de necesitarla, secarla, guardarla. El blanco empezó a traer ramas en el hocico y a dejarlas junto a la puerta, orgulloso, como si hubiera cazado algo.

En primavera abrí un pedazo de tierra en el patio y planté cosas que tardaban meses en crecer. Nunca en mi vida había esperado meses por nada.

En el marco de la puerta del pasillo aparecieron unas marcas hechas a lápiz, con fechas al lado. Alguien estaba creciendo y venía a medirse.

Preparé una habitación por si alguien se quedaba a dormir. Y algunas noches, desde la ventana, seguía viendo esa línea de humo lejana del otro lado del campo. Nunca fui. Nunca vino nadie. Pero cada vez que la veía encendida sentía algo difícil de explicar, parecido a no estar completamente solo.

La primera vez que entré a esta casa no tenía nada que perder.

Ahora ya no era así.

XEl día que todo iba bien

Y entonces llegó un peligro que yo no esperaba.

No fue una tragedia. Fue exactamente lo contrario.

Fue un día bueno.

La casa estaba preciosa. La cerca firme. La leña seca y apilada. El negro tranquilo durmiendo al sol. Yo me sentía capaz de cualquier cosa. Fuerte. Liviano. Como si por fin todo aquello hubiera quedado atrás.

El blanco quería correr.

Abrí la puerta del terreno y salimos los tres.

Corrimos. El blanco iba adelante, feliz, y yo detrás, riéndome como no me reía hacía años. Cruzamos el patio, después el pastizal, después la parte del terreno que casi nunca visitábamos.

Más lejos. Más rápido.

Y fue el negro quien empezó a gruñir. Otra vez tienes miedo, pensé. Justo hoy.

El blanco seguía avanzando. Estaba seguro. Quería más.

Pero el negro se plantó. No dio un paso más.

Entonces levanté la vista.

Estábamos frente al antiguo sendero del bosque.

Lo reconocí de inmediato. Había pasado por ahí cientos de veces cuando era gris.

Me quedé quieto un largo rato, con el corazón golpeando.

Esa tarde no me había sentido triste. No estaba en crisis. No me había peleado con nadie.

Estaba eufórico.

Y la euforia me había llevado exactamente al mismo lugar que el dolor.

Volvimos caminando, los tres en silencio.

Esa noche no felicité al negro. No lo traté como si ahora fuera el bueno de la historia. Me senté en el suelo, entre los dos, y entendí algo que hasta ese día no había sabido decir.

El blanco no siempre tiene razón por ser blanco. El negro no siempre está equivocado por ser negro.

Uno me enseñaba a vivir.

El otro recordaba dónde habíamos estado a punto de morir.

No los necesitaba iguales.

Los necesitaba distintos.

XILa pelota

Después vino una temporada rara.

No pasaba nada malo. Ese era el asunto.

Cada mañana se parecía a la anterior. Leña, agua, comida, caminata, fuego, dormir. Todo funcionaba, y a mí empezó a irritarme que todo funcionara. Miraba el bosque desde la ventana. Allá siempre ocurría algo. Había ruido, peligro, velocidad, caos. Cuando era gris no había que pensar tanto. Simplemente corría.

Una tarde decidí no encender la chimenea.

No pasó nada. Al día siguiente tampoco.

La casa empezó a enfriarse despacio, de esa forma en que uno no se da cuenta hasta que ya lleva días con frío.

El blanco no lo notó. Siguió despertándome a la misma hora. Siguió queriendo caminar. Siguió trayendo ramas y dejándolas junto a la puerta. Y esa tarde, con la casa helada, se me acercó con la pelota en el hocico y la dejó a mis pies, moviendo la cola.

Otra vez.

Otro día.

Vamos.

No era su culpa. Esa es su naturaleza: avanzar, construir, hacer. Para él, si estábamos cumpliendo con lo que había que cumplir, entonces estábamos bien.

El negro no.

El negro llevaba dos noches sin dormir de verdad. Se levantaba, caminaba hasta la cerca, miraba el bosque y volvía.

Yo tenía dos animales en la casa y solo uno se había dado cuenta.

Miré la pelota en el suelo. Miré al blanco. Y le dije algo que nunca antes le había dicho:

—Hoy no necesitamos correr.

Bajó las orejas. —Hoy necesitamos sentarnos.

No entendió. Se quedó parado, esperando que yo cambiara de opinión, porque para él estar quieto no era descansar: era no servir para nada.

Me senté en el suelo frente a la chimenea apagada. Al rato el blanco se echó a mi lado, incómodo, sin saber qué hacer con su cuerpo. Después apoyó la cabeza en mi pierna.

También tuvo que aprender.

Entonces hablé en voz alta, sintiéndome ridículo.

—No prendí el fuego hace tres días.

El negro movió una oreja.

—Se me olvidó para qué lo prendíamos.

Los dos me miraban.

—Voy a volver a encenderlo.

No hubo milagro. El negro no corrió hacia mí, no movió la cola. Se levantó, caminó hasta la chimenea apagada y se echó junto a ella.

Entendí.

Fui a buscar leña.

XIILa fuga

Aprendí eso. y aun así, meses después, volvió a pasar.

Esta vez fue distinto y por eso no lo vi.

La cerca tenía una tabla suelta desde hacía varios días. La había visto.

Mañana la arreglo.

Después:

El fin de semana.

Estaba durmiendo peor. Hablaba menos. Había dejado de contarle a la gente cómo estaba realmente, porque contar bien cuesta trabajo y responder «bien» es más rápido. Miraba más el bosque. La chimenea se apagaba temprano y yo la dejaba apagarse.

Nada parecía suficientemente grave. Hasta esa noche.

Escuché un golpe. Salí.

La tabla estaba rota y el negro había desaparecido.

Sentí algo que conocía perfectamente. Fracaso. Rabia. Vergüenza.

—Sabía que nunca ibas a cambiar —lo dije en voz alta, aunque él no estuviera.

El blanco se quedó sentado a mi lado, alerta, esperando una orden.

Durante algunos minutos quise cerrar la casa, reforzar toda la cerca y olvidarme para siempre del negro. Volver a cuando éramos solamente nosotros dos.

Entonces miré las huellas.

No empezaban en la tabla rota.

Venían desde mucho antes. Pasaban por la chimenea apagada. Por la comida que no había preparado. Por las noches sin dormir. Por la ventana desde donde llevaba semanas mirando el bosque.

La fuga no había empezado al romperse la cerca.

La fuga llevaba semanas ocurriendo. Antes de salir me di vuelta y miré la casa.

Había una mesa con marcas de tazas. Había libros. Había fotografías. Había una huerta que había tardado meses en crecer. Había marcas a lápiz en el marco de una puerta.

La primera noche que llegué ahí no había nada adentro.

Ahora había una vida.

Tomé una lámpara y salí al patio. El bosque estaba completamente negro y era enorme. Yo lo conocía, pero lo conocía de la peor manera posible: como alguien que siempre había entrado y nunca había vuelto igual.

Entonces miré hacia el otro lado del campo.

La chimenea lejana estaba encendida.

Nunca había cruzado ese campo. Nunca había tocado esa puerta. No sabía siquiera quién vivía ahí.

Caminé igual.

Golpeé.

Abrió un hombre mayor. No me preguntó quién era. Miró la lámpara en mi mano y miró hacia el bosque.

Después preguntó una sola cosa: —¿Desde cuándo?

No dije nada durante un rato. Y después contesté la verdad.

—Desde antes de que se rompiera la cerca.

Asintió como quien ya conoce esa respuesta.

Entró, tomó su abrigo y su propia lámpara.

No me dijo que me tranquilizara. No me dijo que todo iba a estar bien. No salió corriendo delante de mí a buscar a mi lobo.

Caminó a mi lado.

Eso fue todo lo que hizo.

Y eso fue exactamente lo que yo necesitaba.

XIIINo volvimos al principio

Lo encontramos cerca de la entrada del bosque.

Estaba embarrado. Tenía una herida nueva en la pata.

Cuando me vio gruñó.

Yo estaba furioso. Pero esta vez no levanté el palo. Me senté a cierta distancia y esperé, con la lámpara en el suelo entre los dos.

El vecino se quedó un poco más atrás, en silencio.

Y entonces vi algo.

El negro estaba mirando hacia el bosque.

Y temblaba.

Durante todos esos años yo había creído que ese animal quería volver allá porque amaba el bosque. Porque en el fondo pertenecía a ese lugar y siempre iba a pertenecerle. Lo miré temblar frente a los árboles, y comprendí.

No extrañaba el bosque.

Solo no conocía otro lugar al cual correr cuando algo dolía.

Me acerqué despacio. Esta vez no gruñó.

Regresamos los tres caminando, con dos lámparas.

En la puerta el vecino no entró. Dijo una sola frase antes de irse:

—Mi cerca también se rompió una vez.

Y cruzó el campo de vuelta.

No celebré. Tampoco lo castigué. Limpié la herida del negro. Después reparé la cerca, más fuerte esta vez, y le pedí ayuda a alguien para arreglar algunas cosas que solo no podía.

Encendí nuevamente la chimenea.

Y entendí algo más.

No habíamos vuelto al principio.

Una caída no había borrado todo lo que habíamos aprendido. Yo ya sabía leer las huellas. Ya sabía cruzar el campo y golpear una puerta. Nada de eso se había perdido. Pero tampoco podía fingir que no había pasado nada.

La cerca se había roto por algún lugar.

Nuestro trabajo era descubrir dónde.

XIVLa rama

Una tarde de otoño yo estaba apilando leña junto a la casa.

El blanco iba y venía del bosquecillo del patio con sus ramas de siempre, dejándolas todas en el mismo lugar, contento.

Y entonces apareció el negro.

Caminaba despacio, como caminaba siempre, mirando alrededor.

Traía un pedazo de leña en el hocico.

No corrió hacia mí. No movió la cola. No esperó nada.

Se acercó a la chimenea, dejó la rama en el suelo junto a las otras y se echó al lado del fuego.

No dije nada.

No había nada que decir. El animal que años atrás había intentado romper la cerca acababa de traer leña para la casa.

XVUna noche

Pasaron los años.

El negro nunca se volvió blanco. Siguió desconfiando. Siguió mirando el bosque algunas noches. Siguió enseñando los dientes cuando sentía peligro. Conservó todas sus cicatrices y yo dejé de intentar borrárselas.

El blanco tampoco dejó de ser blanco. Siguió corriendo, siguió trayendo la pelota, siguió recordándome que existía una vida fuera del miedo. Aunque ahora, algunas tardes, sabía echarse sin hacer nada.

Aprendieron a estar juntos. No se hicieron amigos. Se hicieron algo más útil: se hicieron necesarios el uno para el otro.

Una noche estábamos los tres frente a la chimenea. El blanco dormía. Yo leía.

El negro levantó de golpe la cabeza.

Miró hacia la puerta. Se le tensaron las orejas. Gruñó.

Años atrás yo habría sentido miedo. Después habría intentado callarlo. O habría abierto la puerta y lo habría seguido.

Esta vez hice otra cosa.

Dejé el libro. Me acerqué. Miré hacia la oscuridad junto a él.

No vi nada.

Quizás había algo afuera. Quizás solamente había reconocido un sonido antiguo.

Todavía no importaba.

Apoyé lentamente la mano sobre su lomo.

No gruñó.

Le dije:

—Yo también lo escuché.

Nos quedamos un rato mirando el bosque.

La puerta permaneció cerrada.

La chimenea siguió encendida. Después, antes de volver al sillón, miré por la ventana hacia el otro lado del campo.

La chimenea lejana estaba encendida.

Y más cerca, justo afuera de mi cerca, en el borde del pastizal, había una figura gris.

No supe si era un hombre.

No supe si era un animal.

Solo supe que alguien todavía estaba buscando dónde quedarse.

No salí. No grité. No fui a buscarlo.

Esta vez dejé una lámpara encendida junto a la puerta. •

Si Reconociste A Tus Lobos

Quizás todavía eres gris, y estás caminando por el bosque sin saber que existe otra forma de vivir.

Quizás acabas de encontrar tu casa y no reconoces nada adentro.

Quizás solo conoces al blanco y estás intentando convencerte de que el negro murió.

Quizás lo tienes afuera, golpeando la cerca.

Quizás acaba de entrar y todavía le tienes miedo.

No importa dónde estés.

La pregunta no es cuál de tus lobos vas a matar. Tampoco cuál vas a alimentar para que destruya al otro.

La pregunta es más difícil, y es esta: ¿Qué está intentando decirme cada uno?

Escuchar al negro no significa obedecerlo.

Comprenderlo no significa justificar lo que hace.

Quererlo no significa dejar las puertas abiertas.

A veces querer al lobo negro será darle una manta. A veces será sentarte a escucharlo. A veces será reparar una cerca antes de que se rompa. A veces será cruzar un campo de noche y golpear la puerta de alguien y decir en voz alta que no puedes solo.

Y otras veces querer al lobo será mirar a alguien directamente a los ojos y decirle:

Tú no puedes entrar a esta casa.

Porque esa casa es tu vida.

Y ahora hay alguien encargado de cuidarla.

Tú.

Si estás pasando por esto, no tienes que hacerlo solo. En sinadicciones.org puedes encontrar orientación y acompañamiento gratuito. Esta vez dejé una lámpara encendida junto a la puerta.

Si estás pasando por esto, no tienes que hacerlo solo. Orientación y acompañamiento gratuito en

sinadicciones.org

Nelson González R. · @nitanadicto

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Preguntas frecuentes

¿De qué trata La casa de los lobos?

De alguien que deja el bosque, encuentra una casa y aprende a vivir con dos lobos: uno que quiere avanzar y otro que recuerda el peligro.

¿Hay que estar en recuperación para leerlo?

No. Basta con haber tenido alguna vez una parte de ti que no sabías cómo manejar.

¿Qué significa el lobo negro?

El cuento pide expresamente no leerlo como un acertijo. No hay equivalencias que descifrar.

¿Cómo se recomienda leerlo?

De corrido. Si una escena aprieta el pecho, detenerse ahí: esa escena es tuya.

¿Reemplaza un tratamiento?

No. Un cuento no reemplaza un tratamiento, un grupo ni una terapia.

Sobre el autor

Nelson González

Nelson González R. — Fundador de SinAdicciones.org y autor de la serie Cuentos para adictos.

Pasó años dependiendo del alcohol y la cocaína. Pasó por centros de rehabilitación que lo ayudaron y por otros que le hicieron más daño que bien. Hoy lleva años de sobriedad y convirtió su recuperación en algo útil para otros: fundó SinAdicciones.org y escribió El Principio del Mapa Inverso, donde comparte el método que lo ayudó a reordenar su vida. Estos cuentos están escritos desde ahí, no desde la teoría.

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