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Cuentos para adictos

La ciudad de las puertas

Un cuento sobre craving, decisiones y los caminos que empiezan mucho antes de cruzar

por Nelson González R.

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Para quién es este cuento

Cualquiera que haya sentido unas ganas que aparecieron sin anunciarse y no entienda de dónde salieron. Útil también para familiares que quieren entender qué es el craving.

«Evita personas, lugares y cosas»

Las puertas peligrosas casi nunca empiezan en la puerta: empiezan antes, en una emoción, un cansancio, una discusión no hablada o una euforia. Pensar en una puerta no es entrar. Caminar hacia ella tampoco es cruzarla. Tener la llave no obliga a usarla.

Nota antes de empezar

Hay un consejo que se repite en casi todos los tratamientos y en casi todos los grupos: para no recaer, evita las personas, los lugares y las cosas.

Es un buen consejo. A mucha gente le ha salvado el primer año.

Pero deja una pregunta abierta, y cualquiera que haya intentado sostenerlo la conoce:

¿Y cuando el lugar es la ciudad donde vives?

Porque no siempre se puede mudar. No siempre se puede cambiar de trabajo, de familia, de barrio, de calle. Hay puertas que están en el camino a todas partes.

Este cuento empieza justamente ahí: en la ciudad que no se puede evitar.

No hace falta saber nada de psicología para leerlo. Tampoco llevar tiempo sin consumir. Basta con haber sentido alguna vez unas ganas que no se habían anunciado, y no entender de dónde salieron.

Cómo leerlo. No busques qué significa cada cosa. No es un acertijo. Es una historia sobre un hombre, una ciudad y unas llaves que nunca se pierden. Si en alguna escena algo se te aprieta en el pecho, no sigas de largo: detente ahí. Esa escena es tuya. Un cuento no reemplaza un tratamiento, un grupo ni una terapia. Solo pretende acompañarte los minutos que dure la lectura, y quizás dejarte una imagen a la que puedas volver cuando las palabras no alcancen.

ILa ciudad

Durante años me repitieron que para no recaer hay que evitar las personas, los lugares y las cosas.

A mí me quedó una pregunta.

¿Y cuando el lugar es la ciudad donde vives?

Pero para llegar a esa pregunta tuve que caminar mucho tiempo, y durante casi todo ese tiempo ni siquiera veía las puertas.

Vivía en una ciudad llena de puertas.

Al principio no me parecían importantes. Eran puertas. Algunas abiertas, otras cerradas. Las había chicas, casi invisibles, metidas entre dos muros, y las había enormes, cubiertas de luces.

Yo caminaba por esa ciudad como cualquiera.

Veía gente entrar. Reírse. Abrazarse. Desaparecer unas horas.

Después algunos volvían a salir y parecían contentos. Eso era lo que yo veía.

La entrada.

Nunca me fijé en quiénes no volvían a salir.

IILas luces

Había un barrio que se veía desde lejos.

Era imposible no mirarlo. Luces de colores, música, gente entrando y saliendo, risas, abrazos, promesas escritas en letreros que se encendían y se apagaban.

Parecía que ahí adentro todos sabían cómo dejar de sentirse incómodos.

Yo no.

Fuera de ese barrio yo también tenía puertas.

La de mi familia. La de algunos amigos. La de mi propia casa. La del silencio, que era la que más usaba.

Pero no siempre sabía estar detrás de ellas.

Había conversaciones que no podía tener. Emociones que no sabía nombrar. Tardes en que quedarme conmigo mismo se sentía más difícil que cruzar de noche la peor calle de la ciudad. Y una noche, mirando el barrio desde la esquina, me hice la pregunta que se hace todo el mundo antes de la primera vez.

Si tanta gente entra...

¿por qué yo no?

IIILa primera puerta

La primera vez que crucé una de esas puertas no encontré un monstruo.

Encontré alivio.

Eso fue lo peligroso.

Encontré algo parecido a la pertenencia. Gente que me hablaba. Risas que salían fáciles. La sensación de ser menos tímido, menos raro, menos yo. Por primera vez en mucho tiempo no estaba calculando qué decir.

La puerta cumplió exactamente lo que prometía.

Durante un rato.

Por eso volví.

Y volví.

Y volví. Con los años fui descubriendo algo sobre esas puertas: eran muy fáciles de abrir y muy difíciles de cerrar.

Había noches en que entraba pensando solo un rato, y cuando quería salir buscaba la manilla y no estaba.

IVLas llaves

Llegó un momento en que conocía ese barrio mejor que mi propio barrio.

Sabía qué puerta abría qué cosa. Sabía a qué hora se llenaba cada una. Sabía dónde estaban las llaves.

Ese fue el otro problema.

Las llaves nunca desaparecieron.

Algunas estaban guardadas en ciertos números de teléfono. Otras en determinados lugares. En algo de dinero. En ciertas personas. En un recuerdo. En una fecha.

Y muchas estaban en frases que me sabía de memoria.

«Solo esta vez.»

«Ahora soy distinto.»

«Ya aprendí.» «Puedo entrar y salir.»

«Mi problema no era esta puerta. Era la otra.»

Las llaves se parecían tanto entre sí que a veces tomaba una sin darme cuenta.

Como cuando uno maneja hasta la casa y después no recuerda ni una sola esquina del camino.

Había rutas que mi cuerpo se sabía demasiado bien.

VLa calle Anestesia

Todas las ciudades tienen calles con nombre.

Había una que yo conocía mejor que ninguna. En los mapas oficiales no aparecía, pero yo sabía llegar desde cualquier punto.

Se llamaba Anestesia.

Entraba en ella cuando me sentía solo. Cuando discutía con alguien. Cuando algo no resultaba. Cuando alguien no me valoraba lo suficiente. Cuando estaba cansado. Cuando me aburría.

Y también, aunque eso me costó mucho más entenderlo, cuando estaba demasiado contento y empezaba a creer que ya nada podía pasarme.

Era una calle rara. Mientras uno la camina, las cosas van pesando menos.

Eso era justamente lo atractivo.

No dolía nada.

Y al final de la calle, siempre, empezaban las luces.

VIMira el suelo

La primera vez que volví al barrio después de un tiempo lejos, pensé que lo encontraría distinto.

No.

Seguía hermoso.

Luces. Música. Gente riéndose. Parejas abrazadas en un umbral. Alguien contando algo a gritos y tres personas doblándose de la risa.

Durante unos segundos me pregunté si no habría exagerado todo. Quizás el problema nunca fue el barrio. Quizás el problema fui yo, y ahora yo era otro.

Entonces bajé la mirada.

Y vi cosas que llevaba años sin mirar. Una mancha seca en el suelo, y más allá otra. Vidrios contra el borde de la vereda. Una persona durmiendo contra un muro con la cara tapada. Alguien llorando en un callejón mientras la gente pasaba de largo.

Y las puertas.

Me acerqué a una y le pasé la mano. La madera estaba llena de marcas a la altura del pecho. Rayas paralelas, profundas.

Arañazos.

Por dentro.

Las luces no habían cambiado nada.

Yo había aprendido a mirar debajo de ellas.

VIILa cerrajera

En esa misma ciudad había un taller chico donde arreglaban cerraduras. Lo atendía una mujer que llevaba ahí tanto tiempo que nadie recordaba haberla visto llegar. Todos le decían la cerrajera; se llamaba Marta.

Fui una mañana. Puse cuatro llaves sobre su mesa.

—Quiero que estas puertas desaparezcan.

Las miró sin tocarlas.

—No puedo hacer eso.

—Entonces destruye las llaves.

Negó con la cabeza.

—Tampoco. Puedo ayudarte a reconocerlas.

Me molestó la respuesta.

—¿Y para qué sirve reconocer algo que puede destruirme? Marta tomó una de las llaves y la levantó a la altura de mis ojos.

—Para no confundirla con la de tu casa.

Me quedé callado.

Detrás de ella, la pared entera estaba cubierta de ganchos con llaves colgadas, cada una con una etiqueta escrita a mano. Había cientos. No pregunté de quiénes eran.

Colgó la mía en un gancho vacío y escribió algo en un papel.

—¿Qué hiciste el día antes de usar esta?

—No me acuerdo.

—Ese es el trabajo —dijo—. No la llave. El día antes.

Salí del taller enojado.

Enojado es lo que me pasa cuando alguien tiene razón antes que yo.

VIIILas puertas amigas

Después descubrí que la ciudad no estaba hecha solamente de puertas peligrosas.

Había otras.

Una donde podía llamar y alguien contestaba. Otra donde podía sentarme sin tener que fingir que estaba bien. Una donde movía el cuerpo hasta que la cabeza bajaba el volumen. Otra donde solo tenía que hablar y nadie me interrumpía. Una que llevaba a mi casa. Una a la casa de alguien que conocía mi historia completa. Y una donde había un perro que se alegraba de verme sin preguntarme nada.

Al principio esas puertas me parecieron aburridas.

No tenían luces de colores. No había música fuerte. No prometían dejar de sentir.

Pero tenían algo que el barrio nunca me había dado.

Podía entrar. Y también podía salir.

IXEl mapa

Volví al taller de marta con una libreta.

Ella no dijo nada sobre mi enojo de la vez anterior. Me pasó un lápiz.

Empecé a dibujar. Cada vez que me encontraba cerca de una puerta peligrosa intentaba reconstruir cómo había llegado hasta ahí, hacia atrás, calle por calle.

Aparecieron rutas.

Una era casi siempre la misma. Una discusión. Después silencio. Después dejar de contestar mensajes. Después una fantasía. Después Anestesia. Después las luces. Después la puerta.

Y había otra, que tardé más en ver porque no dolía en ninguna parte. Un buen mes. Sentirme fuerte. Pensar ya estoy bien. Aceptar ir a un lugar al que antes no habría ido. Curiosidad. Llave. Puerta.

El último paso era idéntico en las dos. Lo que cambiaba eran las calles anteriores.

Le mostré la libreta. La miró un rato largo, dio vuelta la hoja y me la devolvió.

—Ahora ya sabes por dónde caminas.

Y entendí una cosa que hasta ese día me había ahorrado.

La puerta nunca apareció de la nada.

Yo había caminado hasta ella.

Algunas veces sin darme cuenta.

Otras fingiendo perfectamente que no sabía dónde terminaba esa calle.

XLo que cambiaba la ciudad

Había días en que una puerta parecía solamente madera.

Y otros en que la misma puerta parecía la única salida.

Tardé en entender que no era la puerta la que cambiaba.

El hambre cambiaba la ciudad. El cansancio cambiaba la ciudad. La rabia cambiaba la ciudad. La soledad cambiaba la ciudad.

El mismo barrio podía parecerme ridículo un martes en la mañana y completamente irresistible ese mismo martes a las once de la noche.

Por eso dejé de confiar únicamente en cómo se veían las cosas.

Cuando una puerta empezaba a brillar demasiado, antes de acercarme me hacía cuatro preguntas.

¿Comí?

¿Dormí? ¿Estoy enojado con alguien?

¿Cuánto rato llevo solo?

Y descubrí algo que no tiene nada de heroico.

Muchas noches no necesitaba una gran revelación.

Necesitaba comer algo y acostarme.

XILa puerta que no era mala

No todo lo que aprendí lo aprendí en el barrio.

Una tarde discutí con alguien de mi familia. Salí de la casa con un portazo y me quedé parado en la vereda, con el corazón golpeando.

Antes habría caminado directo a Anestesia. Ese día no me moví.

Me di vuelta y miré la puerta que acababa de cerrar.

Siempre había pensado en esa como una puerta buena. Familiar. Segura.

Y sin embargo ahí adentro también había cosas que dolían.

Entendí algo que me reordenó la ciudad entera.

Una puerta sana no significa una vida sin incomodidad.

Volví. Golpeé. Me abrieron.

Y en vez de irme, dije: —Esto que pasó me dolió.

No resolvimos nada esa noche. No hubo abrazo. Alguien contestó algo cortante y yo tuve que quedarme sentado aguantándolo.

Pero me quedé.

Aprender a vivir en esa ciudad también significaba aprender a hablar dentro de las puertas que quería conservar.

XIICruzar sin entrar

La ciudad era grande, y ese era el problema.

No podía vivir esquivando calles para siempre. Algunas puertas estaban en lugares por donde tenía que pasar. En una tienda. En un cumpleaños. En el camino al trabajo. En una conversación cualquiera.

Al principio creí que recuperarme significaba no volver a verlas nunca.

Después entendí que hay cosas que no van a desaparecer para hacerme el camino más cómodo.

Había una puerta roja que aparecía más que las demás. A veces en una calle, a veces en un pensamiento. Una noche apareció incluso en un sueño.

Durante años intenté que se borrara. Después dejé de intentarlo.

Cuando aparecía, pensaba una sola cosa:

Te conozco. Eso era todo. No tenía que insultarla, ni demostrar que podía entrar, ni destruirla.

Solo tenía que acordarme de adónde llevaba.

Con el tiempo perdió algo de brillo. No desapareció.

Pero dejó de sonar como una orden.

XIIIEl picaporte

Una noche llegué demasiado cerca.

Ese día no había pasado nada extraordinario. Había discutido por un asunto menor, había vuelto solo, y la casa me pareció más vacía que otras veces.

No quería estar conmigo.

Salí a caminar sin destino. Tomé una calle, después otra. No era Anestesia, o eso me dije. Solo estaba caminando.

Cuando levanté la vista estaba frente a una puerta que conocía.

Las luces eran cálidas. Se escuchaba gente adentro y alguien se reía con esa risa fácil que yo había ido a buscar durante años.

Me acerqué.

La llave estaba en mi bolsillo. La saqué. La puse en la cerradura.

Giró. Y me quedé con la mano en el picaporte.

Apareció la frase:

Ahora soy distinto.

No me moví.

Apareció la otra:

Puedo entrar y salir.

Miré la puerta. Después, sin ninguna razón, me miré la mano que tenía sobre el picaporte.

Tenía una cicatriz vieja en el dorso.

Llevaba años sin mirarla. Me la había hecho intentando salir de una puerta igual a esta.

Retiré la mano.

Pero no me fui.

Me quedé ahí parado, con la llave todavía puesta, discutiendo conmigo en la mitad de la calle.

Ese fue el momento más peligroso de toda la noche. No la llave.

Quedarme ahí, negociando.

XIVTodavía estás afuera

Saqué el teléfono.

No quería llamar. Eso también lo conocía: cuando más falta hace hablar es exactamente cuando el silencio suena más razonable.

Marqué igual.

Marta contestó a la tercera.

—¿Qué pasa?

Podría haber dicho nada. Podría haber dicho estaba caminando y me acordé de ti. Tenía tres o cuatro frases listas, como siempre.

Dije la verdad.

—Estoy frente a una puerta.

Hubo un silencio corto.

Después: —¿Ya la abriste?

—No.

—Entonces todavía estás afuera.

Me miré los zapatos. Estaban en la vereda, no adentro.

Era verdad.

Todavía estaba afuera.

No me dijo que el barrio era horrible. No hacía falta: ese mapa lo habíamos dibujado juntos.

—¿Dónde estás exactamente?

Se lo dije.

—No te muevas. Voy para allá.

—No —le contesté—. Voy yo.

Saqué la llave de la cerradura y empecé a caminar hacia su calle.

Nos encontramos a mitad de camino.

No me preguntó cómo había llegado hasta ahí. Eso lo hablamos después, otro día, con la libreta. Esa noche caminamos hasta una puerta amiga, me abrieron, entré, comí algo y me quedé sentado escuchando conversar a otras personas sobre cosas sin importancia.

Nada espectacular.

Precisamente por eso funcionó.

Cuando llegué a mi casa de madrugada encontré la llave todavía en el bolsillo.

La dejé sobre la mesa y la miré un rato.

No necesitaba fingir que no sabía para qué servía.

Lo sabía perfectamente.

Pero conocer una cerradura no obliga a abrirla.

XVEl mismo llavero

Pasaron años.

La ciudad no se volvió un lugar seguro. Nunca lo fue y no iba a serlo.

Dejé de dividirla entre barrio bueno y barrio malo, porque no era cierto. Había calles preciosas que me dejaban a dos cuadras de un lugar peligroso. Había puertas incómodas detrás de las cuales estaba la gente que me quería. Había luces atractivas que escondían piezas sin ventana.

La recuperación nunca convirtió la ciudad en otra cosa.

Me enseñó a moverme por ella.

Una noche cualquiera volvía caminando a mi casa y, para llegar, tenía que pasar cerca del barrio.

Las luces seguían ahí. Seguían siendo bonitas. Nunca dejaron de serlo, y quien diga lo contrario está mintiendo o no estuvo nunca. En una esquina había un muchacho parado mirando hacia las puertas. Reconocí la cara: curiosidad, ganas, y el miedo de quedarse afuera de algo.

Me preguntó, sin saber quién era yo:

—¿Es tan malo como dicen?

No le contesté que sí de inmediato. Las risas eran reales. La sensación de pertenecer también podía serlo. Decirle lo contrario habría sido regalarle un motivo para no creerme nunca más.

Le dije otra cosa.

—Mira el suelo.

Bajó la vista.

—Y mira las puertas. ¿Ves esas rayas?

Asintió.

—Alguien intentó salir.

No sé si eso lo detuvo. No lo detuve yo; no se puede. Pero se quedó conversando conmigo un rato más en esa esquina, y a veces eso ya cambia una calle entera.

Seguí caminando. Pasé frente a una puerta que conocía. Toqué el bolsillo sin pensarlo y ahí estaba, entre las otras, la llave vieja.

Nunca la boté.

Más adelante, en la cuadra siguiente, había una luz encendida en un segundo piso.

Mi casa.

Saqué el llavero completo y busqué en la oscuridad, con los dedos, la llave de mi puerta.

Están todas en el mismo llavero.

Siempre estuvieron.

Ahora sé cuál es cuál.

Abrí, subí, y ya me estaba sacando los zapatos cuando sonó el teléfono.

Era un número que conocía poco.

Contesté.

Del otro lado alguien tardó en hablar, y cuando habló dijo exactamente lo que yo había dicho aquella noche, con la misma voz de alguien que espera que le contesten cualquier cosa menos la verdad. —Estoy frente a una puerta.

Me senté en el borde de la cama, con las llaves todavía en la mano.

—¿Ya la abriste?

—No.

—Entonces todavía estás afuera —le dije—. Quédate ahí. Voy para allá. •

Si Vives En Esta Ciudad

Quizás ya conoces tu barrio de memoria.

Quizás todavía solo ves las luces desde la esquina.

Quizás tienes llaves que llevas años diciendo que algún día no vas a necesitar.

Quizás hoy estás muy lejos de todas las puertas.

O quizás estás con la mano sobre el picaporte.

Hay algo que conviene recordar en cualquiera de esos lugares.

Pensar en una puerta no es entrar.

Caminar hacia ella tampoco es cruzarla.

Tener una llave no significa que tengas que usarla. Incluso ponerla en la cerradura deja todavía una decisión por delante.

Pero tampoco sirve engañarse.

Las puertas peligrosas casi nunca empiezan en la puerta.

Empiezan antes.

En una emoción. En una fantasía. En una discusión que no se habló. En el hambre. En el cansancio. En la soledad. En la euforia. En una frase que dice esta vez será distinto.

Por eso aprende tus calles.

Aprende qué barrio buscas cuando quieres anestesiarte, y a qué hora.

Aprende dónde están tus puertas amigas, antes de necesitarlas.

Y cuando una puerta conocida se vea demasiado atractiva, no discutas con las luces. No vas a ganar esa discusión.

Mira el suelo.

Mira las marcas en la madera.

Acuérdate de las veces que entraste seguro de que podrías salir cuando quisieras.

Y si estás demasiado cerca, no tienes que demostrarle nada a nadie. Puedes darte media vuelta.

Puedes tocar otra puerta.

Puedes llamar.

Puedes decir en voz alta, aunque te dé vergüenza:

Estoy frente a una puerta.

A veces alcanza con eso para que alguien te recuerde algo muy simple:

todavía estás afuera.

La libertad nunca fue vivir en una ciudad sin puertas.

Fue aprender que no tienes que cruzar todas las que se te aparecen.

Si estás pasando por esto, no tienes que hacerlo solo. En sinadicciones.org puedes encontrar orientación y acompañamiento gratuito. Entonces todavía estás afuera.

Si estás pasando por esto, no tienes que hacerlo solo. Orientación y acompañamiento gratuito en

sinadicciones.org

Nelson González R. · @nitanadicto

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Preguntas frecuentes

¿Qué es el craving?

El deseo intenso de consumir. El cuento lo muestra como una calle que empieza mucho antes de la puerta.

¿Qué hago si estoy frente a una puerta?

La frase central del cuento: si todavía no la abriste, todavía estás afuera. Y se puede decir en voz alta.

¿Se puede vivir en una ciudad con puertas?

El cuento sostiene que la recuperación no elimina las puertas, enseña a moverse entre ellas.

¿Sirve para familiares?

Sí, para entender por qué el deseo aparece "sin motivo".

¿Reemplaza un tratamiento?

No.

Sobre el autor

Nelson González

Nelson González R. — Fundador de SinAdicciones.org y autor de la serie Cuentos para adictos.

Pasó años dependiendo del alcohol y la cocaína. Pasó por centros de rehabilitación que lo ayudaron y por otros que le hicieron más daño que bien. Hoy lleva años de sobriedad y convirtió su recuperación en algo útil para otros: fundó SinAdicciones.org y escribió El Principio del Mapa Inverso, donde comparte el método que lo ayudó a reordenar su vida. Estos cuentos están escritos desde ahí, no desde la teoría.

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