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Cuentos para adictos

El último barco

Un cuento sobre adicción, decisiones y la vida que elegimos no abandonar

por Nelson González R.

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Para quién es este cuento

Personas con tiempo en recuperación. Especialmente para quien ya tomó la decisión grande y descubrió que había que volver a tomarla.

«Quemar las naves»

Quemar las naves es una decisión que ocurre una vez, con testigos. Este cuento plantea que la decisión difícil es la siguiente: no volver a construir el barco, una noche cualquiera, con un martillo en el aire y nadie mirando. Una tabla no es un barco, pero tampoco es solamente madera.

Nota antes de empezar

Hay una frase que casi todos hemos escuchado alguna vez: quemar las naves.

Se usa para hablar de las decisiones que no tienen vuelta atrás. Viene de los capitanes que, al desembarcar en tierra desconocida, incendiaban sus propios barcos para que nadie pudiera proponer el regreso. Si no hay barco, no hay discusión.

Es una imagen poderosa. A mucha gente en recuperación le ha servido, y con razón.

Pero deja algo afuera.

La frase termina con el fuego. Como si con eso bastara.

Y cualquiera que lleve un tiempo intentando dejar una adicción sabe que no basta, porque en la orilla siempre queda madera. Y uno sabe construir.

Este cuento empieza donde termina la frase: a la mañana siguiente.

No hace falta saber nada de psicología para leerlo. Tampoco haber tocado fondo, ni llevar tiempo sin consumir. Basta con haber tomado alguna vez una decisión enorme y haber descubierto, meses después, que había que volver a tomarla. Cómo leerlo. No busques qué significa cada cosa. No es un acertijo. Es una historia sobre un hombre, una isla y un barco encallado. Si en alguna escena algo se te aprieta en el pecho, no sigas de largo: detente ahí. Esa escena es tuya.

Un cuento no reemplaza un tratamiento, un grupo ni una terapia. Solo pretende acompañarte los minutos que dure la lectura, y quizás dejarte una imagen a la que puedas volver cuando las palabras no alcancen.

IEl mar

Durante años escuché que las decisiones de verdad se toman quemando las naves.

A mí me quedó una pregunta.

¿Y al día siguiente?

Pero para llegar a esa pregunta tuve que navegar mucho tiempo, y durante casi todo ese tiempo ni siquiera sabía que estaba navegando.

Viví en un barco.

No recuerdo cuándo subí por primera vez. Creo que al principio ni siquiera era mío. Había gente arriba, se estaban riendo, y alguien me hizo un gesto con la mano.

—Sube.

Subí. El mar parecía enorme. Libre. Había noches tranquilas y otras en que las olas golpeaban tan fuerte que había que afirmarse con las dos manos para no caer, y había algo en esas tormentas que me hacía sentir vivo.

Nunca sabía dónde iba a despertar. Nunca sabía quién estaría conmigo. Nunca sabía cuánto duraría el viaje ni en qué parte del agua estaba.

Y a esa incertidumbre empecé a llamarla libertad.

Cuando algo me dolía, navegaba. Cuando estaba contento, navegaba. Cuando tenía miedo, cuando estaba solo, cuando quería celebrar, cuando quería desaparecer.

Navegaba.

Con los años aprendí a manejar ese barco mejor que cualquier otra cosa en mi vida. Sabía navegar de noche. Sabía navegar herido. Sabía navegar sin dormir. Sabía remendar una vela rota mientras seguía avanzando y sacar agua del casco mientras entraba más agua por otro lado.

Me volví experto en sobrevivir dentro de algo que estaba tratando de matarme.

Y a esa habilidad la llamé control.

IILa isla

Una mañana el barco encalló.

No fue una llegada elegante. El casco estaba abierto, una vela colgaba rota y había agua hasta los tobillos. Yo llevaba tres días sin dormir.

Frente a mí había una isla.

No era especialmente hermosa. Tampoco especialmente fea.

Estaba ahí.

Bajé.

Pensé quedarme unos días. Descansar, comer, dormir, reparar el barco y volver.

Había casas. Había gente trabajando: uno arreglaba un techo, otro plantaba, dos conversaban sentados en el suelo desde hacía tanto rato que las tazas ya estaban frías. Algunos parecían llevar años ahí. Otros acababan de llegar y todavía tenían la ropa dura de sal. Me dieron comida y una cama. Me preguntaron mi nombre.

Nadie me pidió que explicara cómo había terminado ahí.

Esa noche dormí más de lo que creía posible.

A la mañana siguiente bajé a la playa. Mi barco seguía donde lo había dejado, torcido sobre la arena.

Esperándome.

Y eso me tranquilizó.

IIIPor si acaso

Me instalé en una casa chica cerca de la costa.

Empecé a conocer gente. Comíamos juntos, trabajábamos juntos, y algunas tardes alguien pasaba simplemente para conversar. No había que estar haciendo algo todo el tiempo para que te dejaran quedarte.

Eso era nuevo para mí. Con el tiempo llegué a disfrutarlo.

Pero cada mañana bajaba a mirar el barco.

No navegaba. Solo revisaba que siguiera ahí. Sacaba un poco de agua, apretaba un cabo, tapaba una grieta.

Un día un hombre que vivía río arriba me encontró trabajando. Se llamaba Aníbal y llevaba tanto tiempo en la isla que nadie recordaba haberlo visto llegar.

Se quedó mirando un rato antes de hablar.

—Pensé que no querías volver al mar. —No quiero.

Miró el martillo en mi mano.

—¿Y entonces?

Me encogí de hombros.

—Por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

No supe qué contestar.

Se fue.

Seguí martillando.

IVLo que yo llamaba control

C O N T R O L

Pasaron semanas. después meses.

La isla empezó a gustarme de verdad. Pero nunca dejé de mirar el barco, y tenía una explicación preparada para cada persona que preguntara.

Una noche, en la casa de alguien, me tocó decirla en voz alta.

—Yo no quiero volver a esos viajes —dije—. Eso está clarísimo. Solo quiero poder salir algún día de otra manera. Con calma. Un rato. Cerca de la costa.

Nadie discutió.

Ese es el problema de la gente que ya conoce el mar: no discute.

Alguien preguntó, sin ninguna intención, mientras servía:

—¿Cerca de la costa cómo? Y me di cuenta de que no lo había pensado nunca. No tenía destino, ni hora de vuelta, ni una sola imagen concreta de ese viaje tranquilo que tanto defendía.

Lo único que tenía era la frase.

En mi cabeza sonaba razonable y podía repetírmela durante horas. En voz alta duraba tres segundos y se acababa.

Aun así, al día siguiente seguí reparando.

Una tabla hoy. Un cabo mañana. Un poco de brea la semana siguiente.

Nunca parecía una decisión. Era mantenimiento.

Eso me decía.

VLa primera tabla

La vida en la isla no era perfecta, y eso también me costó entenderlo.

Había días buenos y días horribles. Discusiones. Trabajo que no resultaba. Domingos larguísimos. Noches en que la casa parecía demasiado grande para una sola persona.

En el mar nunca tuve ese problema.

Una tormenta siempre te da algo que hacer. Cuando el barco se inclina y el agua entra por la cubierta no queda espacio para preguntarte si estás solo: sobrevives, y eso ocupa la mente entera.

En la isla, en cambio, había tardes en que no pasaba absolutamente nada.

Y tuve que empezar a soportarme.

Una de esas tardes bajé caminando hasta la playa. Entre la arena había una tabla.

La reconocí. Era del barco. La levanté.

Durante un rato solo la sostuve. Olía a sal.

Y me acordé.

No de los naufragios. No del miedo. No de las mañanas destruidas.

Me acordé del viento. De la velocidad. De esa hora de la noche en que uno desaparece.

La memoria también sabe contar solamente la parte que le conviene.

Me llevé la tabla a la casa y la dejé apoyada afuera, contra la pared.

No estaba construyendo nada.

Era una tabla.

VILos planos

Esa noche no pude dormir. me levanté y abrí un cajón.

En el fondo estaban los planos. Los había guardado desde el día que llegué.

Los extendí sobre la mesa.

Ahí estaba mi barco. Cada medida. Cada pieza. Cada unión.

No necesitaba aprender nada. Podía construirlo con los ojos cerrados.

Sabía exactamente qué venía después de esa primera tabla. Otra. Después la estructura. Después las cuadernas. Después la cubierta, el mástil, las velas.

Después el mar.

Eso fue lo que me asustó.

No tener una tabla.

Saber perfectamente qué hacer con ella. En la otra punta de la mesa había otro papel. Lo había empezado meses atrás y no se lo había mostrado a nadie.

Era el plano de la vida nueva.

Una casa. Algunas personas. Un trabajo. Unos caminos que todavía no llegaban a ninguna parte. Zonas enteras en blanco.

Los miré a los dos, uno al lado del otro, un rato largo.

Uno estaba terminado.

El otro no sabía cómo terminaba.

Y esa noche me sorprendí guardando primero el del barco, con cuidado, para que no se arrugara.

VIIEl abrigo

Aníbal me encontró unos días después mirando el barco desde lejos, sin acercarme.

—¿Lo vas a arreglar o lo vas a quemar? —preguntó.

Me molestó la pregunta.

—Todavía no sé.

—Entonces vacíalo —dijo—. Decidas lo que decidas, primero hay que sacar lo que hay adentro.

Subí esa misma tarde.

Fui sacando cosas y dejándolas sobre la arena. Herramientas. Ropa. Cuerdas. Cosas que había ido guardando durante años sin darme cuenta.

Algunas no eran mías.

Un reloj. Un cuaderno con la letra de otra persona. Un juguete de madera con los bordes gastados de tanto ser agarrado. Y un abrigo.

Lo reconocí de inmediato, aunque llevaba años sin verlo. Alguien lo había dejado en la cubierta una noche, con la idea de volver a buscarlo al día siguiente.

Yo zarpé igual.

Me senté en la arena con el abrigo entre las manos y me quedé ahí hasta que oscureció.

Hasta ese día yo había creído que el barco me había hecho daño a mí.

En el mar siempre supe dónde estaba mi barco.

Nunca supe dónde quedaron las personas que se bajaron.

VIIIQuemarlo

Volví a la mañana siguiente.

Me senté frente al barco y, por primera vez, lo miré sin calcular cómo repararlo.

Estaba destruido. Tenía las marcas de todas las tormentas. Había partes del casco reemplazadas tantas veces que ya no sabía cuáles eran las originales.

Me acerqué y pasé la mano por la madera.

No lo odiaba.

Eso me sorprendió.

Ese barco también había sido mi refugio. Cuando no sabía soportar algo, me llevaba lejos. Cuando no sabía qué hacer conmigo, me daba algo que hacer. Cuando no quería sentir, me dejaba desaparecer.

El problema nunca fue que no supiera llevarme.

Es que no sabía traerme de vuelta. Esa tarde junté madera seca. No invité a nadie. No quería una ceremonia.

Quería tomar una decisión.

Cuando acerqué la primera llama sentí terror y la retiré.

Me quedé con el fuego en la mano, pensando:

¿Y si algún día lo necesito?

Y entonces apareció otra pregunta. Esa no la pensé yo. Estaba ahí desde hacía años, esperando que alguna vez me quedara quieto el tiempo suficiente.

¿Para qué podría necesitar el barco que siempre me llevó al mismo lugar?

Encendí.

Al principio las llamas fueron chicas. Después alcanzaron un cabo. Después una vela. En pocos minutos el barco entero estaba ardiendo.

Me sentí poderoso.

Durante unos segundos.

Después sentí pánico. Busqué un balde y corrí hacia el agua. Y me detuve antes de llenarlo, porque Aníbal estaba sentado más allá, en las piedras, y no se había movido.

No vino a detenerme. No dijo nada sobre el fuego.

Solo preguntó:

—¿Quieres apagarlo porque quieres el barco?

Lo miré.

—No sé.

—Averígualo antes de echarle el agua.

Me quedé con el balde vacío en la mano, mirando las llamas.

Y entendí la diferencia.

No quería volver a vivir en ese barco.

Quería conservar la posibilidad.

Era otra cosa. Y alcanzaba perfectamente para destruirme.

Dejé el balde en la arena.

Me quedé ahí hasta que solo quedaron brasas. Esa noche lloré. Había imaginado que quemar el barco se iba a sentir como libertad.

Se parecía mucho más a un funeral.

IXCuando ya no hay barco

Los primeros días fueron raros.

Cada vez que algo salía mal caminaba hacia la playa sin haberlo decidido.

Discutía con alguien.

Playa.

Me sentía solo.

Playa.

Me aburría.

Playa.

Buenas noticias.

Playa.

Malas noticias. Playa.

Siempre había ido al mismo lugar. Ahora llegaba y encontraba un círculo negro en la arena.

Eso me daba una rabia enorme.

Una tarde pateé los restos y grité algo que no venía de ninguna frase.

Nadie contestó. El mar seguía ahí, igual que siempre, sin ninguna opinión sobre mí.

Entonces me senté.

Eso fue todo lo que hice.

Me senté con lo único que nunca había sabido soportar: mi propia vida sin una salida de emergencia.

XLa isla no era una cárcel

Como ya no tenía barco que reparar, empecé a caminar.

Me sorprendió cuánto de la isla no conocía. Había senderos. Había un río. Había un cerro desde donde se veía el mar entero y, por primera vez, se veía chico. Había gente viviendo mucho más adentro, lejos de la costa, que casi nunca bajaba a la playa.

Había niños.

Había casas donde alguien siempre ponía una taza más sobre la mesa.

Empecé a construir cosas. No cosas extraordinarias: las que estaban ahí. Arreglé el techo. Planté. Trabajé. Aprendí, muy despacio, a quedarme dentro de una conversación incómoda en vez de acordarme de repente de algo urgente que tenía que hacer.

Algunas tardes llegaba alguien sin avisar, se sentaba, y hablábamos de nada.

Y a veces alguien recién desembarcado me preguntaba cómo era el mar. Nunca dije que era horrible. Se habrían dado cuenta de que mentía.

Decía la verdad.

—Hay noches en que es precioso.

Y después le contaba dónde terminaban esos viajes.

Con el tiempo la casa se fue llenando. Alguien traía comida. Alguien traía preguntas. Alguien llegaba empapado.

Alguien dejó un abrigo colgado junto a la puerta y al día siguiente volvió a buscarlo.

No sé exactamente cuándo pasó.

Pero un día me di cuenta de que ya no estaba esperando nada.

XILa noche en que todo estaba bien

E S TA B A B I E N

Habían pasado muchos años cuando tuve esa noche.

Ese día no había pasado nada malo. Al revés.

Había estado toda la tarde ayudando a instalarse a dos personas que acababan de llegar. Alguien me agradeció delante de otros. Volví caminando a la casa liviano, contento conmigo, pensando en lo lejos que había llegado.

Y en la puerta discutí con alguien a quien quería.

Fue corto. No fue grave. De esas discusiones que a la semana siguiente ninguno de los dos recuerda.

Después la casa quedó en silencio.

Yo había hecho todo lo que tenía que hacer ese día. Había cumplido. No tenía ninguna emergencia, ninguna crisis, ningún motivo.

Y no soportaba estar conmigo. Caminé por la casa. Ordené cosas que ya estaban ordenadas. Me asomé a la ventana.

El mar estaba tranquilo. Raramente tranquilo.

Pensé:

Podría salir un rato.

La idea no me pareció peligrosa.

Ese fue el problema.

Bajé a la playa. Del círculo negro no quedaba nada hacía años.

Pero alrededor había madera. Mucha.

Siempre hay.

Me agaché y tomé una tabla.

Después otra.

No estaba construyendo un barco. Por supuesto que no.

Estaba juntando madera.

XIIEl primer clavo

Llevé las tablas al cobertizo. las herramientas estaban donde habían estado siempre.

Puse una tabla junto a la otra.

El movimiento me salió solo.

No había olvidado nada, y eso también me asustó.

Uno no olvida cómo volver a destruirse. Hay caminos que el cuerpo se sabe de memoria.

Saqué un clavo. Lo apoyé sobre la madera. Levanté el martillo.

Y justo antes de golpear, levanté la vista.

Desde el cobertizo se veía mi casa. Había luz adentro. Sobre la mesa habían quedado las tazas sin lavar de la gente de esa tarde. Junto a la puerta colgaba un abrigo que no era mío y que su dueño iba a venir a buscar. Al día siguiente venía gente. Algunos solo a verme. Otros a preguntarme cómo se empieza una vida acá.

Miré otra vez el clavo.

Y entendí que la decisión importante no había sido quemar el barco tantos años atrás, con fuego, con testigos y con lágrimas.

Era esta.

Un martillo en el aire, un cobertizo y nadie mirando.

Quemar el barco había pasado una vez.

No volver a construirlo pasaba todas las noches.

Bajé el martillo.

No golpeé.

Lo dejé en el suelo.

XIIIDos tablas

Me senté en el suelo del cobertizo, con la espalda contra la pared.

Tenía miedo. Y algo peor que el miedo: vergüenza.

Después de todos estos años.

Lo primero que pensé fue esconder las tablas. Ponerlas detrás de algo. Que nadie supiera nunca que había vuelto a pensar en el mar.

Y entonces me acordé de una de las pocas cosas que había aprendido bien en esa isla:

las cosas que se esconden también se construyen.

Salí. Caminé río arriba. Golpeé la puerta de Aníbal, que ya estaba viejo y tardó bastante en abrir.

—Estuve a punto de construirlo otra vez —le dije.

No preguntó cómo pude. No dijo que entonces todo lo anterior no había servido de nada.

Preguntó:

—¿Cuántas tablas?

—Dos.

—¿Pusiste el clavo?

—No.

Asintió despacio.

—Entonces tenemos dos tablas.

Y agarró su chaqueta.

Bajamos juntos. Sacamos la madera del cobertizo y la llevamos hasta mi casa, uno en cada punta, sin hablar mucho.

Esa noche usamos una de las tablas para arreglar una silla que cojeaba desde el invierno.

La otra quedó apoyada contra la pared un par de semanas, hasta que la convertí en un estante.

Durante mucho tiempo miré esas dos cosas más de lo necesario.

Una tabla puede ser parte de un barco. También puede ser parte de una casa.

Lo que decide no es la tabla.

XIVLos que llegan del mar

Con los años fueron llegando más personas.

Algunas traían barcos enormes, de esos que impresionan a los que miran desde la orilla. Otras venían agarradas a un pedazo de madera y no lo soltaban ni para bajar.

Muchos no querían dejar el mar. Solo querían descansar un poco.

Yo ya no discutía con nadie. Sabía demasiado bien lo que era mirar un barco desde la playa y llamarlo mantenimiento.

Cuando alguno me decía «cuando esté mejor voy a poder navegar tranquilo», no le contestaba que se equivocaba.

Lo invitaba a la casa. Le servía algo caliente. Le pedía que extendiera sus planos sobre la mesa.

Y preguntaba una sola cosa:

—¿Adónde te llevó este barco la última vez? No les decía qué hacer.

Les mostraba la silla. Les mostraba el estante.

Y les mostraba el plano de mi vida, que seguía sobre la mesa y seguía incompleto. Eso era lo raro: nunca terminé de dibujarlo. Cada año aparecían caminos nuevos, personas nuevas, pérdidas que no estaban previstas.

La vida en tierra nunca fue más fácil que el mar.

Era más real.

Una tarde vi a un muchacho armando una balsa detrás de unas rocas.

—No es un barco —me dijo antes de que yo dijera nada.

Sonreí. Yo había dicho esa frase.

—¿Adónde quieres ir?

—Un poco mar adentro nomás.

—¿Y después?

—Vuelvo.

Miré la balsa. Cuatro tablas y una cuerda.

Tenía razón. No era un barco. Y entendí algo que hasta ese día no había sabido decir.

Casi nunca volvemos al mar construyendo un barco.

Volvemos con algo tan chico que parece inocente. Una tabla. Un cabo. Un permiso. Una excepción. Una noche. Una idea que repetimos hasta que suena razonable.

No le quité las herramientas. No podía, y aunque hubiera podido no habría servido de nada.

Me senté a su lado en la arena.

—¿Quieres que te cuente cómo empecé el mío?

Dejó de martillar.

Y hablamos hasta que oscureció.

Antes de irse miró hacia mi casa, donde ya había luz.

—¿Y cuál fue tu último barco?

Lo pensé un rato.

—Ven.

Lo llevé adentro y le mostré el estante de la pared.

—Ese. Llegó hasta dos tablas.

XVEl último barco

Una mañana bajé temprano a la playa.

El mar estaba hermoso. No tengo otra palabra. El sol caía sobre el agua y durante un momento entendí perfectamente por qué alguna vez quise pasar la vida entera ahí.

No sentí odio.

Tampoco la nostalgia suficiente para volver.

Miré, nada más.

Me había demorado años en entenderlo. Quemar el barco nunca significó odiar el mar. Ni que el mar dejara de existir. Ni que yo olvidara navegar.

Significó aceptar que, para mí, algunos viajes tienen un destino que ya conozco.

Volviendo, entre las piedras, encontré una tabla.

La levanté. Durante unos segundos sentí el peso conocido entre las manos, y la sal, y todo lo demás.

Podía empezar de nuevo.

Siempre iba a poder.

Ese es el punto: la posibilidad no desaparece.

Pero ahora también sabía hacer otras cosas.

Me la llevé a la casa. Nos faltaba una banca para el lado largo de la mesa, porque las sillas ya no alcanzaban.

Estaba terminándola esa misma tarde cuando alguien gritó desde la costa.

Había un bote dado vuelta contra las rocas y alguien arrastrándose fuera del agua.

Bajamos varios. Lo subimos.

Estaba empapado, con la ropa dura de sal, y tenía esa cara que yo conocía perfectamente: la de alguien que todavía no sabe si quiere que lo salven.

Lo llevamos a mi casa.

Le dimos comida. Le preparamos una cama.

Le pregunté su nombre. No le pregunté cómo había llegado hasta ahí.

Se sentó en la banca nueva.

La madera todavía olía a sal.

Puse otra taza sobre la mesa. •

Si Todavía Tienes Un Barco

Quizás acabas de llegar a la isla y todavía tienes la ropa dura de sal.

Quizás bajas todas las mañanas a mirar tu barco y a eso le llamas mantenimiento.

Quizás sabes perfectamente que te destruye y aun así te tranquiliza saber que sigue amarrado.

Quizás ya lo quemaste hace mucho, delante de gente que te aplaudió.

Y quizás hoy, sin decírselo a nadie, encontraste una tabla.

Eso no significa que hayas construido el barco.

Pero tampoco hace falta que te mientas diciendo que es solamente madera.

Mírala.

Pregúntate para qué la recogiste. Y habla con alguien antes de ir a buscar el martillo.

Porque los barcos que nos destruyeron casi nunca aparecen enteros frente a nosotros.

Los construimos.

Una decisión. Después otra. Después otra.

Y así como una vez aprendiste de memoria los planos de tu destrucción, puedes empezar a dibujar otros.

El problema es que el plano nuevo va a estar incompleto. Habrá partes que solo se descubren viviéndolas.

Eso da miedo, porque el barco viejo promete algo inmediato:

irse.

Y la tierra promete algo mucho más difícil:

quedarte.

Quedarte cuando estés solo.

Quedarte cuando tengas miedo.

Quedarte cuando te vaya mal. Quedarte también cuando te vaya demasiado bien.

Quedarte el tiempo suficiente para descubrir que una vida no necesita ser una tormenta para sentirse viva.

Quemar los barcos puede ser una gran decisión.

Pero no es la última.

Después viene la otra. La silenciosa. La que nadie aplaude. La que a veces vas a tener que tomar solo, frente a una tabla y un martillo.

No volver a construirlos.

Y si alguna vez levantas el martillo, acuérdate de una cosa:

todavía puedes bajarlo.

Una tabla no es un barco.

Y una mala decisión no tiene por qué convertirse en el próximo viaje.

Si estás pasando por esto, no tienes que hacerlo solo. En sinadicciones.org puedes encontrar orientación y acompañamiento gratuito. Puse otra taza sobre la mesa.

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Nelson González R. · @nitanadicto

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Preguntas frecuentes

¿De qué trata El último barco?

De un hombre que encalla en una isla, sigue reparando su barco "por si acaso", lo quema, y años después vuelve a juntar madera.

¿Por qué el peligro aparece en un día bueno?

Porque la euforia lleva al mismo lugar que el dolor. Es una de las escenas centrales del cuento.

¿Qué significa "mantenimiento"?

Es la palabra que usa el protagonista para no admitir que está conservando la posibilidad de volver.

¿Sirve si nunca toqué fondo?

Sí. Basta con haber tomado una decisión enorme y descubrir después que había que volver a tomarla.

¿Reemplaza un tratamiento?

No.

Sobre el autor

Nelson González

Nelson González R. — Fundador de SinAdicciones.org y autor de la serie Cuentos para adictos.

Pasó años dependiendo del alcohol y la cocaína. Pasó por centros de rehabilitación que lo ayudaron y por otros que le hicieron más daño que bien. Hoy lleva años de sobriedad y convirtió su recuperación en algo útil para otros: fundó SinAdicciones.org y escribió El Principio del Mapa Inverso, donde comparte el método que lo ayudó a reordenar su vida. Estos cuentos están escritos desde ahí, no desde la teoría.

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